09/06/2001

Quim Monzó. Ochenta y seis cuentos

Quim Monzó Ochenta y seis cuentos. Traducción de Javier Cercas.Anagrama. Barcelona, 2001. 500 páginas. 2.900 pesetas.
       
       La polaroid surrealista
       
       No deja de sorprender la poca estima que se tiene en España al relato, un modo de contar historias al que son adictos los anglosajones. Aquí, las editoriales son remisas a publicarlos y hasta los mismos autores piensan en ellos como un entrenamiento previo a la novela. Pero el relato es un género difícil en cuyo breve espacio el autor ha de dar intensidad y entretenimiento repetidas veces y de manera distinta en un sólo volumen. Ahora, en un presente saturado de novelas, es muy de agradecer la recopilación de la obra corta de Quim Monzó (Barcelona, 1952), algo que podría tomarse como un homenaje al género y que, por encima de todo, supone el reconocimiento y la consagración de este maestro.
        Hace muy poco, Monzó declaraba: "Me gusta leer libros que me cuenten historias y vayan más allá de la polaroid realista". Sus 86 cuentos son eso, 86 fotos instantáneas vistas del revés, por atrás y boca abajo. Como en toda polaroid, la sensación de realidad es inmediata pero poco tiempo ha de pasar para que nos demos cuenta de que se nos está engañando con un disfraz de documentalismo perverso. Monzó escoge un registro realista, de una llaneza casi excesiva, lo que te pone en guardia, y puede comenzar sus cuentos así: "La mañana tenía cara de huevo" o "El hombre que no se enamora nunca sale del museo"; en ocasiones, es provocadoramente convencional: "Fuera llovía". Cuidado, cuando Monzó empieza diciendo "Fuera llovía" es que algo inquietante se mueve dentro de la polaroid. Y es que para este escritor no hay nada que produzca más terror que la vida cotidiana del ciudadano pacífico y neurótico. En principio, todas sus historias son sobre gente que no es nadie y a la que no le pasa nunca nada. Además, y muy coherentemente, escribe con las palabras que usan las personas que no hacen literatura: un personaje se siente un catacaldos, otro se pone unas bambas rojas, otro no para de darle vueltas al cacumen. Es gente que pasa por tu lado, gente que ves y no miras. A veces son escritores: uno de ellos se retira a la casa de campo a crear con tranquilidad una gran obra, pero el calentador no funciona y se le olvida la leche en el fuego. La vida le echa una mano y le escribe una tragicomedia en la que él es el personaje y no el autor. Otro escritor descubre con espanto que algunas de las cosas que ha contado en cada una de sus veinte novelas han ocurrido realmente algún tiempo después: no le gustaban las biografías pero no ha hecho otra cosa que escribir la suya. Otros cuentos están centrados en la pareja. A Monzó le chifla la vida en pareja, sobre todo si es para cargársela. "El norte del sur" y "Barcelona" hablan del amor que se alimenta del odio mutuo y son un adelanto del escalofrío que producen las refinadas narraciones de El porqué de las cosas, un libro que trata del morbo que da a un hombre y a una mujer hacerse la vida difícil.
        Hay otros cuentos basados directamente en personajes emblemáticos de la literatura. Lo que el autor hace es ponerles las zapatillas, subvertir su leyenda. En "Gregor", el escarabajo de Kafka experimenta una metamorfosis y se convierte en un muchacho blando y gordinflón: no es mejor ser hombre que insecto coleóptero, queda claro cuando se mira la polaroid con detalle. "El sapo" cuenta la historia del príncipe azul y la princesa: un pequeño diálogo posterior al famoso beso basta para hacernos ver el futuro nada deseable que les espera.
        La recopilación de la obra corta completa de Monzó (parece ser que faltan tres cuentos, eliminados por el autor) tiene el valor añadido de poder seguir la evolución de un escritor. Ëste, en concreto, se ha hecho más depurado y sus historias son más impactantes con muchos menos elementos. Es admirable la facilidad con que lo superfluo se ha ido quedando por el camino. La radical concisión de esa mirada tan cruel sobre unas criaturas que, al final, consiguen estimular nuestra ternura es lo que convierte a Quim Monzó en uno de los narradores más singulares hoy en España. Simplemente hay que leerlo. Es un deber de lector. Javier Cercas, un escritor muy distinto a Monzó, ha hecho la traducción del catalán y ha logrado que estas historias parezcan haberse pensado siempre en castellano.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 09/06/2001

jmheraldo@hotmail.comEl País | Imprimir

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"