18/02/1995

David Leavitt. Mientras Inglaterra duerme

David Leavitt. Mientras Inglaterra duerme. Traducción de Juan Gabriel López Guix. Editorial Anagrama. Barcelona, 1994. 270 páginas.
       
       EL AMOR DIFÍCIL
       
       David Leavitt es un valiente porque en Mientras Inglaterra duerme ha tenido el coraje de abandonar aquel ámbito ficcional en el que tan cómodo se encontraba: la familia. En sus dos novelas—El lenguaje perdido de las grúas y Amores iguales— y así como en esas dos espléndidas colecciones de relatos que son Baile en familia y Un lugar en el que nunca he estado el autor se movía con inusitada pericia en alguien tan joven por el intrincado sistema de interdependencias que se da en la familia de clase media. Para ello, siempre ponía en marcha la misma maquinaria: la enfermedad, por un lado, y el descubrimiento de sentimientos y conductas homosexuales, por otro, irumpían, produciendo un fuerte estallido, en la apacible y estable convivencia de los pequeños círculos familiares; a partir de ahí los personajes se empeñaban en reconstruir la frágil felicidad perdida luchando como podían contra su principal enemigo, la culpa. Porque Leavitt— gay y judío— es, por encima de todo, un escritor de la culpa, del misterio de los efectos de nuestras acciones en las vidas de los más próximos.
        Ahora, se aleja de las casas con jardin y piscina y se mete en una historia de amor y aventura fuera de su tiempo y de su país y, lo que es más atrevido, de su propia experiencia. Parece ser que para esta novela Leavitt se ha basado más de lo debido en la autobiografía de Stephen Spender, Un mundo dentro del mundo (de reciente edición en Mutchnik editores), y quizá también en otro texto autobiográfico de Christopher Isherwood, Christopher y su gente. 1929-1939 (publicado aquí por Versal), obras de lúcidos homosexuales sobre la íntima relación entre amor y política.
        Brian Bostford, rentista y escritor vocacional, conoce a Edward Phelan, un proletario del metro de Londres, en una reunión informativa sobre la guerra civil en España. Ambos se plantean, muy teóricamente, la posibilidad de alistarse en las Brigadas Internacionales, convencidos de que una victoria de la República española frenará el avance de las fuerzas fascistas en Europa. Pero toda decisión heroica queda aplazada porque los dos hombres se enamoran y Edward se traslada a casa de Brian, un pequeño apartamento que se convierte en un utopía con una sola cama grande. Allí viven un amor gozoso, adelanto de un mundo ideal en el que las clases sociales y las preferencias sexuales carezcan de importancia. Mas esta relación se resquebraja cuando Brian conoce a Philippa—guapa, seductora, moderna—y cree desearla. Brian no quiere envejecer como homosexual y propone a Philippa el matrimonio. Brian se ha mentido demasiado y, como en toda la obra anterior de Leavitt, la mentira trae consecuencias desastrosas: Edward se entera del proyectado matrimonio y parte como brigadista para España. Desbordado por la trágica realidad de las trincheras, Edward desertará pero será traicionado por un compatriota homosexual que lo entrega a una ejecución casi segura. Mientras tanto, Brian viaja a España para encontrar y salvar a su amigo. A partir de aquí la novela empieza a subir, se hace más auténtica y llega a absorberte. ¿Por qué? Pues porque estamos en en el caldo que más le gusta a Leavitt: un amor roto, una cadena de autoengaños y el sufrimiento que causamos a los que más queremos. Y así, toda la épica se desvanece para dar paso a una aventura moral. No importa ya que la España de la guerra civil sea un telón pintado a brochazos—así ocurre con todas las aventuras interiores con trasfondo histórico—si delante se desarrolla un conflicto que conmueve.
        Toda la polémica que Mientras Inglaterra duerme ha levantado—incluido un maravilloso artículo de Spender "Mi vida es mía y no de Leavitt"—no puede hacer nada contra esta nueva crónica del amor difícil, con buenas páginas en abundancia. Ciertamente hay impostura, pero no es la de que Leavitt se haya apropiado de la vida "publicada" de otros. La impostura consiste en que ha querido escribir una novela inglesa. Y eso es imposible. Probablemente, nadie habría dicho nada ante una versión gay de Por quien doblan las campanas. Pienso que Leavitt ha intentado escribir una novela a la manera de un Forster desinhibido y eso, no ha nacido americano que pueda hacerlo. ¿Qué sería no sólo de Forster sino de toda novela inglesa si quitáramos la inhibición? La grandeza de esa tradición novelística—de Austen a Barnes— se basa en el arte de narrar lo que no se cuenta y para gozar de ese don hay que ser inglés de varias generaciones. Es cierto que el movimiento gay está imponiendo demasiada luz, censurando demasiado la autocensura, y Leavitt, que siempre ha sido un escritor de buenos modales y buen cultivador de la elipsis, ha caído en la trampa, y sus explícitas sesiones de sexo tienen el efecto de trozos de porno duro en medio de Una habitación con vistas. Su novela no es inglesa aunque haya viejecitas excéntricas tomando el té ni rinde un homenaje a la cultura española pero sí que es otra buena ración de literatura sobre la culpa, sobre las zonas sentimentales donde nunca hemos estado y sobre los riesgos del amor, que incluyen la aceptación del sacrificio. No es poco si, además, el libro no se deja soltar.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p.8. 18/02/1995

jmheraldo@hotmail.comEl País | Imprimir

Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"