06/11/1999

Barry Gifford. El asunto de Sinaloa

Barry Gifford. El asunto de Sinaloa. Destino. Barcelona, 1999. 240 páginas. 2.400 pesetas.
       
       Sexo, vísceras y desierto
       
       No le demos más vueltas: Barry Gifford es un estupendo autor de literatura popular para modernos. Cuando estoy hablando de literatura popular me refiero a la tradicional novela de quiosco, de portada multicolor y papel barato, de género policial, de guerra o del oeste. Eran narraciones escritas muy deprisa, muy entretenidas, con mucha acción, tiros y alta temperatura sexual. El movimiento contracultural de los años 60 les dio dignidad y los estudiosos de la subcultura les dieron prestigio. Gifford cultiva este tipo de novela desde una óptica culta, de escritor de oficio, combinando los elementos de los distintos géneros en un pastiche rebosante de intriga, sexo duro y sangre. Su enfoque no es inocente: él parodia y conoce muy bien lo parodiado: hay diálogos con réplicas muy ingeniosas, a veces sarcásticas y otras veces, inquietantes, muy propias del cine negro; de éste se clonan los tipos del hampa y las mujeres fatales. Incluso, los nombres de las heroínas de El asunto de Sinaloa – Ava Varazo, Cobra Box, Felice Law— retrotraen a las estrellas de un Hollywood exótico. La violencia no se resuelve aquí a base de puñetazos, disparos o elegante elipsis sino al estilo de un matadero clandestino: a las pocas páginas, se cuenta como un hombre se arranca él solo y sin anestesia un globo ocular, más adelante una mujer es obligada a cortarle los testículos a su marido, también hay manos clavadas con cuchillos al suelo, etc.
       Pero Gifford es un escritor de gran capacidad visual y sus novelas, ésta también, son preguiones cinematográficos, lo que explica que haya películas de David Lynch y de Alex de Laiglesia basadas en su obra. Las imágenes de Gifford nos conducen a una visión hiperrealista del paisaje geográfico y social americano, en la que la realidad aparentemente sórdida es desviada por exceso a la línea de los sueños, convirtiendo los hechos que parece que se denuncian en componentes del espectáculo. La envoltura es, pues, atractiva, ligera y moderna.
       Dividida en cinco partes, de las que las dos últimas son apéndices, El asunto de Sinaloa narra la obsesión—¿amor carnal?-de DelRay Mudo por Ava Varazo, una bella prostituta de un burdel de carretera en Arizona. La historia pronto pasa a manos de Ava , que convence a su cliente favorito para vaciar la caja fuerte de Indio Desacato, un traficante de Texas que tiene contactos con la mafia italiana. La trama va dando giros, algunos realmente inesperados, hasta desembocar de manera poco verosímil en una aventura de tintes políticos: la formación de un movimiento de liberación de campesinos mejicanos, el IGL (Innumerables Gotas de Lluvia), en el que combaten Ava y Cobra Box, una joven casada con un antiguo marine "dedicado al intenso estudio de las obras de Louis Ferdinand Celine y Julien Gracq". Uno de los apéndices es una reproducción del diario de prostituta de Ava, con alguna página muy interesante: viene bien, sobre todo después de tanta jornada con la guerrilla. Es como el descanso del lector-guerrero.
       Uno de los aspectos más interesantes de El asunto..., es que estamos ante una novela de mujeres. Son ellas las que cortan el bacalao y los cadáveres que se amontonan son sólo de hombres: se lo tienen bien merecido por pensar siempre en lo mismo.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 6. 06/11/1999

Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"