20/11/1999

Carlos Cañeque. Muertos de amor

Carlos Cañeque. Muertos de amor. Destino. Barcelona, 1999. 280 páginas. 2.400 pesetas.
       
       Los celos y otras diversiones
       
       Si en vez de haber nacido en Barcelona, lo hubiera hecho en Cambridge, Carlos Cañeque sería un autor de gran éxito, a juzgar por la pericia que demuestra en un género tan anglosajón como la sátira. Hay en Muertos de amor ecos de La vida es un pañuelo, e incluso de Terapia, del maestro David Lodge. Sólo ecos, porque la novela de Cañeque te hace reír a costa de una mirada burlona sobre las costumbres urbanas de esta España de final de siglo, entre la pintura de Solana y la de Mariscal.
       Aunque infravalorada, la novela cómica es un subgénero muy difícil: hay que crear personajes arquetípicos que parezcan complejos; hay que equilibrar los componentes de ironía, reflexión y malicia en la visión de un contexto social que tiene que ser reconocible por el lector; y hay que urdir una trama porque la novela cómica de ninguna manera es una sucesión de ocurrencias chistosas. Satisface, pues, que no haya que ir necesariamente a la literatura traducida para leer una buena sátira (otro ejemplo reciente de excelente incursión en el género ha sido La cabeza de plástico, de Ignacio Vidal-Folch).
       Profesor de la Autónoma de Barcelona y autor de los ensayos Dios en América (acerca de las sectas del rearme moral) y Conversaciones sobre Borges, Carlos Cañeque (1956), se dio a conocer como novelista con Quién, que ganó el premio Nadal de 1997. En esta primera obra de ficción se daban las cualidades que, ya consolidadas, aparecen en Muertos de amor. Qué título tan adecuado a su contenido: encierra una tragedia pasional y una parodia. ¿La tragedia? Un hombre manco y en paro emplea todo su tiempo y sus fuerzas en alimentar un mal rollo: cree que su adorada mujer se la pega con todos. Lo peor de los comportamientos paranoicos es que fuerzan la realidad hasta que se acomoda a tus obsesiones: sí, al final, la bella Reme se acuesta con un catedrático de metafísica. Y la parodia ya está servida. Aquí se parodia todo: la cursilería sentimental de los éxitos editoriales (¿Antonio Gala, quizá?), la cultureta barcelonesa, las malas artes de las mafias intelectuales, las miserias rijosas de la mediana edad. Para alcanzar el cielo de la risa, hace falta un contraste y con esa función Cañeque crea el que para mí es el mejor personaje de la obra: Jaume Corrons. Si el filósofo Gabriel Cavestany es una víctima del disseny (vestido de Toni Miró y entendido en cavas, seduce a las mujeres con música de Chet Baker), el Sr Corrons es un comerciante exponente del seny más barretinero; sus encuentros dominicales con la prostituta Manoli, en los que sólo alcanza el orgasmo visualizando las victorias del Barça, constituyen alardes de destreza cómica.
        Porque el mundo realmente es un pañuelo, la trama está estructurada en un entretejido de casualidades: cada personaje tiene relación directa o indirecta con los otros. De esa manera el ámbito narrativo se cierra para ser dominado por un autor omnisciente, que llega a dialogar en una ocasión con el lector y que se autocita. Cañeque se parodia a sí mismo y también el mismo hecho novelístico, haciendo guiños intertextuales muy identificables. Malicioso, posmoderno, y cómico, Carlos Cañeque se está convirtiendo en un David Lodge español. No es poco, la verdad.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 20/11/1999

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"