27/11/1999

Juan Herrezuelo. El veneno de la fatiga

Juan Herrezuelo. El veneno de la fatiga. Alianza Editorial. Madrid, 1999. 370 páginas. 2.200 pesetas.
       
       Cuando Ayer era Futuro Infierno
       
       Una historia de crisis, un amor loco, un bar de copas, seis amigos, y en el centro, un hombre que se está matando de día y de noche, pero que probablemente mata en un tiempo que él no percibe, son el sostén argumental de una novela que es de plenitud aun siendo la primera que escribe su autor.
        Juan Fernández Herrezuelo (Palencia, 1966) publicó en el 91 un conjunto de relatos, Desde el lugar donde me oculto , editado por la Caja de Ahorros de Granada. Este primer libro tenía 140 páginas; ahora, como Juan Herrezuelo, ha necesitado 370 para El veneno de la fatiga, una ficción arriesgada, profunda y perturbadora, que le sitúa en esa vía de la joven narrativa española por la que caminan Belén Gopegui y Juana Salabert. Son autores que pasan por el costumbrismo de costado y que no confían en el combinado de inspiración, velocidad e imagen que exige y devora el mercado editorial. A Herrezuelo le gusta escribir y reescribir: cuando él dice que ha tardado once años en terminar su primera novela, habrá que creerle. Asusta pensar que nadie –ni siquiera él mismo-le va a permitir que se tome un tiempo parecido con la segunda.
        Ruth, que como el resto de sus amigos tenía un cuarto de siglo en el 85, se suicida en circunstancias poco claras. Todos la querían y culpan de su muerte a Javier, el hombre con el que había compartido una historia de amor en el filo de lo soportable. Así, por designio del autor y casi por elección de los otros personajes, Javier Cédride se convierte en el conductor de la trama, el objetivo de la intriga y el conarrador del relato. Pienso que Javier es uno de los personajes literariamente más significativos que ha dado la narrativa española en las dos últimas décadas. Se enmarca en un malditismo existencialista en los modos, pero muy romántico, a pesar de que declare que no quiere ser un alcohólico de "matices byronianos"; pero también se cita con admiración a Edgar Allan Poe, maldito entre los malditos, y el nombre del bar del que es dueño se llama elocuentemente "Loser" (Perdedor). Como Poe, Javier soporta bebiendo, día a día, el dolor de vivir. Los fantasmas también están dentro de él mismo, siendo el más agresivo de ellos el tiempo, que juega con la consciencia de este hombre de una manera muy particular.
        La verdadera dimensión de la escritura de Herrezuelo podría medirse en esa creación que hace de un ámbito temporal que no pertenece a meridiano alguno, que transcurre en nebulosos márgenes entre el duermevela y la lucidez. Javier habita en una memoria del futuro-un deja vu -que él define como un tiempo que no existe pero en el que se actúa. Realmente, las diversas perspectivas del tiempo cronológico y las del interiorizado por los personajes son determinantes en el texto: Javier habla de su historia de amor con Ruth a un destinatario que está dentro de la narración (y que tendrá un papel fundamental en la tercera parte) para ordenar su presente, y lo hace a partir de unas viejas fotos con las que el pasado bien le abofetea, bien le seduce con las armas de la nostalgia. A través de su relato, vemos cómo la muerte de Ruth ha arrastrado otras muertes: la muerte del concepto de amistad grupal, la del bar nocturno como sustituto del hogar en los 80, y principalmente, la del futuro de Javier, que cada vez se acerca más a un infierno peculiarmente indefinido y muy inquietante.
       Herrezuelo da cohesión a todo este entramado temático con un estilo muy rico en imágenes y léxico en el que se nota la fascinación que el lenguaje le produce. Y no duda en manifestarlo: "Me gusta usar las palabras libremente, pero después de haber ahondado en ellas". En cierto sentido, esta fascinación es también la productora de sus fallos: hay perífrasis innecesarias y de vez en cuando, acumulación de comparaciones. Como cualidad hay que señalar su empeño en destruir las frases hechas y los mecanismos que para ello emplea le acercan a los procedimientos de la poesía, como en la página (306) que dedica al cuerpo de Helena.
       Ante El veneno de la fatiga el lector puede experimentar la alegría de encontrarse con el poder del español para trasmitir ideas muy complejas y expresar con ambición creativa sensaciones y sentimientos demasiado íntimos u oscuros, en una historia con un personaje de mucha carne y mucho hueso y con una intriga que, como en la ficción clásica, se resuelve en las últimas ocho páginas. Este chico de Palencia se ha puesto el listón muy alto: para empezar, ha escrito una las mejores novelas de los 90.
        Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 6. 27/11/1999
       
       Juan Herrezuelo tiene ahora un interesante blog: Los pasadizos del Loser

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"