08/01/2000

Luciano G. Egido. El amor, la inocencia y otros excesos

Luciano G. Egido. El amor, la inocencia y otros excesos. Tusquets. Barcelona, 1999. 283 páginas. 2.200 pesetas.
       
       Por el camino del amor y la muerte
       
        Con El cuarzo rojo de Salamanca obtuvo el Premio Miguel Delibes en 1993 y con El corazón inmóvil el Premio de la Crítica en el 95. Posteriormente publicó La fatiga del sol. A pesar del reconocimiento a la calidad de su obra, Luciano G. Egido (Salamanca, 1928) todavía no es un escritor suficientemente apreciado por los lectores. Dejando aparte razones de pura mercadotecnia-una portada inadecuada puede hundir un buen libro, por ejemplo—, sus novelas no pertenecen a un género en estado puro. Si la pureza del género es algo casi imposible en la ficción actual, Egido lleva esto a sus últimas consecuencias, arrastrando al lector a un juego de permanente engaño literario. El corazón inmóvil narraba el asesinato de un hombre respetable en una residencia, pero la investigación del crimen desembocaba en una múltiple historia de amor. Algo parecido ocurre en El amor, la inocencia y otros excesos en la que las pistas engañosas sobre la clase de novela que se está leyendo son constantes. De ninguna manera este juego disminuye su amenidad o su interés: Egido ha escrito una intriga de sangre y de sentimientos, de equilibrio y de arrebato, de pasión y de desamor, y lo ha hecho siguiendo una estructura muy ordenada para que la trama se haga fácil, siendo compleja.
        En la primera de las cuatro partes, un inspector que parece arquetípico pero que no lo es tanto, sobre todo por el poso cultural que se le escapa-menciona a Thomas de Quincey y a Concepción Arenal, por ejemplo-investiga cuatro asesinatos ocurridos en ciudades muy distantes entre sí, con la psicología imaginativa como principal método deductivo.
        El relato de repente da la voz al asesino, que te cuenta con alarde descriptivo de situaciones, personajes y procedimientos sus cuatro crímenes. Todo queda claro menos su identidad y sus motivos; sólo en dos o tres ocasiones se dirige en segunda persona a una tal Daniela, descrita antes como "una mujer honrada, con aspecto de cualquier cosa menos de honradez". Seguimos, pues, en la intriga policial, aunque ese tono casi trágico que se intuye por debajo de la frialdad de su confesión, llevan la narración a las puertas de otro género.
        Y en la tercera parte, llega la sorpresa: Daniela cuenta su vida adoptando la figura de Odette para reivindicar al personaje de Proust desde una visión antiproustiana, de mujer que ha padecido la historia de España y cuya biografía si bien corresponde a la de la mujer contemporánea, se considera sentimentalmente afín a esa Odette malinterpretada por los hombres de su tiempo, no muy distintos a los de éste. "No tenía nada en común con aquella mujer de novela, salvo nuestra compartida condición femenina, tan castigada como la suya"; dice Daniela , para afirmar a continuación que Proust no conocía a Odette porque era "un creador de emociones estéticas y no podemos pedirle más". El monólogo de Daniela debe su belleza a la recreación de un estilo pausado y elegante que no tapa la crudeza moral en el análisis de su indagación amorosa. Daniela va buscando el amor sin amar nunca, pero la ironía es que va a ser amada por alguien que la comprende más allá de la racionalidad. Un frente a frente entre el inspector y el asesino cierran el círculo narrativo de esta novela singular, que contiene un juego literario inventado con mucho oficio en torno a un retrato de mujer, que escapando de los brazos de Swann, intenta recomponer su corazón desvalido en la España de hoy.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 8. 08/01/2000

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"