26/02/2000

Juan Bas. La taberna de los 3 monos

Juan Bas La taberna de los 3 monos. Destino. Barcelona, 2000. 346 páginas. 2.200 pesetas.
       
       La suerte de vivir, vivir para la suerte
       
       El placer que produce la lectura de estos relatos no procede exactamente de las historias que en ellos se cuentan sino de la capacidad de su autor para reactivar el mecanismo olvidado que despertó en algún momento de nuestra vida la afición a leer. Ese vicio secreto y adictivo que asomaba a escondidas debajo de un libro de texto, casi a oscuras después de que se apagaran las luces obligatoriamente, o de pie y manteniendo el equilibrio en los transportes públicos. Digamos que la literatura nos tira un anzuelo hecho con entretenimiento y emoción a partes iguales pero en cantidad suficiente para engancharnos de por vida.
        Ese gusto por el entretenimiento y la emoción se sobrepone a cualquier otra consideración sobre los quince relatos que componen el segundo libro de Juan Bas. Nacido en Bilbao en 1959, Bas es un reputado guionista para series de televisión, algunas muy populares, y el año pasado publicó, a medias con Fernando Marías, Páginas ocultas de la historia. Muy apreciado en el mundo anglosajón pero poco valorado en España-donde se considera que un escritor no lo es si no escribe novela—, el relato o la historia corta es un género nada fácil que exige concisión y talento para ajustar dentro de estrechos límites tiempo y espacio y además, desarrollar una trama completa. Bas, por lo que aquí se ve, domina el género sin ningún complejo, con pericia y orgullo.
        Abre el volumen, dándole título, La taberna de los 3 monos. Su posición inicial es muy adecuada pues encierra muchas de las claves que articulan el resto de las narraciones. En primer lugar, el sentido de la vida como aventura. El narrador pasa rápidamente por su itinerario vital que le ha llevado a Alaska, Ciudad Juárez, Baton Rouge y al mismo Macao pero cuyo viaje acaba en Bilbao, ciudad interpretada en su más bello y misterioso sentido portuario. El aventurero no concibe una progresión lineal de su existencia; de ninguna manera puede permitirse el entregar su vida al destino porque el destino puede compensarle sólo con el tedio. Y así, en segundo lugar, aparece en este primer cuento lo que el autor considera punto o recurso de encuentro entre todas sus invenciones, el juego del póquer. El aventurero ha de forzar la lógica de su viaje conjurando el azar, invocando la presencia de la suerte, en una especie de adicción a los límites del riesgo. En muchas de estas partidas los jugadores se juegan la vida y, a veces, algo más: el alma, por ejemplo.
        No se va a recordar este libro por su estilo, que es muy funcional y directo, deudor de la novela popular negra o del oeste o de misterio. Bas es un narrador de tramas, de peripecias, aunque a veces acierta con rápidos apuntes en el retrato psicológico de los personajes como ocurre en Secuestradores y secuestrados, relato en el que se alterna lo que ocurre en un zulo y lo que pasa en el caserío en el que viven los etarras que cuidan de los secuestrados; en el mismo sentido, hay que destacar el ejercicio valleinclanesco que aborda en La voz de Gary Tukashita, un paseo por los pasillos del metro de Madrid en las noches de frío intenso. Es patente la facilidad con que Juan Bas cambia de escenario y de tiempo histórico, de la España de ahora mismo a la de Góngora y Gracián, de un garaje de Los Angeles donde se rueda una snuff movie al ferrocarril de vía estrecha Bilbao-Oviedo, en el que el fantasma de Agatha Christie pone algunos cadáveres con varios sospechosos a su alrededor.
        El humor, generalmente muy negro, está presente a lo largo del volumen aunque se manifiesta abiertamente en Romeo y los cowboys –una compañía inglesa representa a Shakespeare en el salvaje Oeste, lleno de maleantes y vaqueros muy reprimidos— y, en menor medida, en La invención del póquer pero siempre al servicio de un orden de valores nada ambiguo: el malo la paga y también el tramposo. Aquí el que sale ganando es el lector, que no tiene por qué ir al cine a pasárselo bien.
        Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 26/02/2000

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"