06/05/2000

David Leavitt. Junto al pianista

David Leavitt. Junto al pianista. Traducción de Juan Gabriel López Guix. Anagrama, Barcelona 2000. 231 páginas. 2.200 pesetas.
       
       Un poco de música y mucho almíbar
       
       Un muchacho se enamora del pianista al que pasa la página en los conciertos. Paul tiene 18 años y Richard Kennington, 40. Podría ocurrir entre una pianista y su ayudante o entre un director de orquesta y una violinista. Fuera cual fuera la combinación de sexos y edades, la novela sería igual de tontorrona. Un flechazo, tres o cuatro camas, una historia de amor convencional, poco más. Hay un momento de cierto dramatismo cuando a Joseph, el amante de Kennington, se le muere la perrita; lo comenta con el conserje y los dos convienen en que a los perros se les quiere como si fueran niños. Joseph trata de reponerse de la pérdida escuchando el adagietto de la quinta de Mahler (sí, el de Visconti y Mann en Venecia). Otro episodio de tensión es aquel donde la madre de Paul descubre unos calzoncillos de su hijo colgados en casa del pianista: la intuición de las madres es terrible, de verdad, y se le ponen unas cuantas moscas detrás de cada oreja.
       Una de las consecuencias de la normalización de las relaciones homosexuales en la sociedad norteamericana es que ya no se puede justificar una novela por el hecho de que los amantes sean del mismo sexo. Sólo eso ya no basta. Por otro lado, la corrección política ha colaborado en crear un modelo plastificado de gay del que Leavitt es un poco víctima; en esta novela, son todos tan pulcros, tan ricos y tan educados que es como coger una borrachera con leche descremada. En su último libro, el poeta Felipe Benítez Reyes escribe un verso revelador: "La esencia del amor es delincuente" , una consideración moral que podría extenderse a la literatura amorosa. Así lo entendió David Leavitt en sus primeras obras-Baile en familia o El lenguaje perdido de las grúas-cuyos personajes vivían el conflicto de la autoaceptación en los límites de una educación judía. Tras el tropezón de Mientras Inglaterra duerme, el autor pareció recuperar el antiguo brío en Arkansas, tres novelas breves que iban desde un sentido del humor muy descarado hasta la emoción dramática más depurada.
       El nombre de Leavitt siempre se asoció a tres constantes argumentales: sexo, familia y enfermedad, que metaforizaban la culpa, la posesión y la expiación; él sabía expresar todo eso con ligereza y buen gusto estilístico. Los rasgos y las cualidades de este escritor siguen dándose en Junto al pianista a partir de la página 133, cuando los personajes se bajan de la tarta de merengue en la que se habían conocido. Esta segunda parte, llamada oportunamente "Musicolandia", gira, sin apartarse de la trama amorosa, hacia un relato de costumbres en la sociedad de la música clásica de Nueva York. Ahí el joven Paul recibirá lecciones bastante duras del mundo que ha elegido, entre ellas, las de las relaciones entre cuerpo y triunfo, entre sentimientos y fracaso, entre habilidades y suerte. De repente, los personajes se hacen más veraces y comparten en ocasiones algunas de las mejores páginas del autor, como la conversación que mantienen Paul y su profesora. Pero estos destellos de talento también hacen destacar los abundantes tópicos y los recursos fuera de lugar con los que convierte un posible buen relato largo en una novela trivial, excesivamente correcta y ciertamente olvidable.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 6. 06/05/2000

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"