22/03/2009

Escúcheme, doctor

Hola, buenos días. Lo primero es ubicarnos: estamos en la sala de espera del médico de cabecera (o de familia o de atención primaria) en el ambulatorio de mi barrio. Hago un recorrido visual por el panorama humano: hay más mujeres que hombres y los hombres que hay tienen el aspecto más cascado. Todos charlan entre sí como si se conocieran, de ahí la confianza con que hablan de enfermedades, siempre, eso sí, en tono competitivo. "Pues vengo porque las pastillas que me recetó el doctor no me han hecho nada... Cada día estoy peor". Quien escucha a esta señora, salta reivindicativo: "Pues si yo le contara. Estoy tomando cinco medicinas a la vez y dos son para quitarme los efectos secundarios de las otras. A mi es que los efectos secundarios me dan muy fuerte, tengo esa desgracia." Más allá, uno de los caballeros se está desabrochando la camisa para que el de al lado compruebe la cicatriz de una operación. "Fíjese, me abrieron todo esto. Casi no lo cuento, créame. Y además, tengo azúcar". Lo de la cicatriz ha sido un momento fuerte, uff, bastante dramático, pero la atmósfera sigue siendo relajada y para mí que esta sala de ambulatorio tiene algo de club social, cierto aire a sesión de terapia de grupo.
        Ignoro cuántos de mis compañeros de espera pertenecen a ese grupo de pacientes calificados como "adictos al médico" o "hiperfrecuentadores de las consultas", gente que acude a visitarse más de doce veces al año por motivos imprecisos. Sienten molestias, dolores y síntomas muy variados; los sienten, sí, pero el diagnóstico profesional indica que no sufren ninguna patología física. Hay quien dice, quizá con razón, que sufren de soledad y que el médico suele escucharles con más paciencia que los de su familia. Muy probable, tal como están los tiempos en el tema de escucharse. Y leo que los "hiperfrecuentadores" suponen un 25% de las consultas en los centros de salud. Pienso que la proporción va a crecer en estos tiempos de crisis. Porque la crisis es muy mala para todo: para la tensión, para el azúcar, para la artrosis y para el alma. Y que alguien con fonendoscopio al cuello sea capaz de oír el ruido que meten nuestras preocupaciones cuando bajan a pasearse por pulmones, arterias y articulaciones, naturalmente que tiene que aliviar. Nos vemos.
       
       *Este artículo se ha publicado en la sección MARCA AL AGUA de las páginas de opinión de Heraldo de Aragón. Si quieres añadir un comentario, tienes que escribirlo por email a jmheraldo@hotmail.com

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Este artículo pertenece a la sección "Demasiado asfalto"