01/04/2000

Ariel Dorfman. La Nana y el iceberg

Ariel Dorfman. La Nana y el iceberg. Traducción del inglés del autor. Seix Barral. Barcelona, 2000. 411 páginas. 2.700 pesetas.
       
       Pasión con hielo
       
       Autor de una obra ya considerable, el chileno-aunque nacido en Buenos Aires—Ariel Dorfman (1942) se convirtió en un escritor conocido gracias a una obra de teatro, La Muerte y la Doncella, de la que Roman Polanski hizo una versión para el cine. Su ensayo Para leer al Pato Donald y su libro de memorias Rumbo al Sur, deseando el Norte, publicado aquí por Planeta en 1998, le han convertido en un cronista literario de primer orden de las etapas de dictadura y de transición en los países más europeos de Latinoamérica. Dorfman, que es profesor de universidad en Estados Unidos, puede escribir ahora con la misma facilidad en inglés que en español y, a pesar de que en su última historia dice "En mi casa el castellano; todos los días, un capítulo de El Quijote y todas las noches un poema de Rubén Darío", La nana y el iceberg fue escrita en inglés y traducida después por el autor a nuestra lengua.
        Esta es una novela extensa, de gran envergadura, que se encara con ese vaivén de opresión y libertad de la historia reciente chilena desde un enfoque de ligereza, con las armas del humor y el erotismo. En principio, la estructura se levanta sobre un esquema muy simple: una larga carta o confesión de un joven adulto a su amada, que él escribe en los tres días que preceden a su supuesto suicidio y que coinciden con los días anteriores a la fecha mágica del 12 de octubre de 1992, quinto centenario del descubrimiento de América. En abril de ese año se había inaugurado la Exposición Universal de Sevilla, con grandes aglomeraciones, grandes fraudes y múltiples oportunidades para la ostentación y el ridículo. Chile concurría a la Expo de Sevilla con un trozo de iceberg, cuya destrucción se convierte en motor de la intriga en esta obra de Dorfman
        Gabriel Gaby McKenzie tiene 25 años y es miembro de esa burguesía liberal que nunca apoya las dictaduras. Es, entendámonos, un héroe señorito de nuevo cuño que se codea con lo mejor de la nueva sociedad chilena, que viaja, y que es adicto a internet. Gaby es un modoso pícaro, que aprende las artes de la vida sin perder los buenos modales. Su drama, si es que aquí hay drama, consiste en sobrellevar dos pesadas responsabilidades: una, la de ser hijo de un atleta sexual y otra, la de pertenecer a una clase social que quizá no ha expiado su culpa. La resaca de las dictaduras es un sentimiento de culpa que afecta a todos, del que sólo se libran los cadáveres o los más desposeídos. Gaby se rinde ante esos jóvenes "que no habían podido emigrar de Chile" como lo había hecho él, "que se habían quedado exiliados en una zona donde les importaba un carajo el iceberg de la Expo". La transición democrática, con su explosión de negocios rápidos, sugiere un modelo de salvación nacional en el que "el dinero hará iguales a todos", lo que no convence a Gaby, implicado en un sabotaje a un trozo de hielo o, dicho de otra forma, en un gesto reivindicativo de una ideología radical no fenecida, pese a todo, frente a un engañoso símbolo del nuevo Chile, que como el iceberg, podría crearse a partir de un cero limpio, transparente y azulado.
        El erotismo de la novela-marcado por la conducta del padre, que ha jurado "tirarse a una mujer cada día de su vida"-es un erotismo frío, muy poco erótico, que sirve principalmente para estimular la peripecia del joven McKencie, quien tiene dificultades para su iniciación-y esto ejemplifica el registro de la narración-porque la figura de Pinochet se interfiere entre él y el cuerpo de su deseo. Pienso que el aire festivo con que ha sido concebido este relato no traspasa lo que constituye el marco de intenciones de un autor, porque aquí la farsa se vive de una manera más teórica que real-no hay una comicidad efectiva-y eso quizá se deba a la extensión de la novela, excesiva para sus contenidos, y a un lenguaje tan abundante en léxico y en recursos sintácticos que acaba devorando la trama, los personajes y los chistes.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 11. 01/04/2000

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"