29/04/2000

Carlos Eugenio López. Ahogados

Carlos Eugenio López. Ahogados. Lengua de trapo. Madrid, 2000. 190 páginas. 2.100 pesetas.
       
       Matar no es un buen empleo
       
       En la república caníbal de las letras, corre el rumor de que Lengua de Trapo-una editorial todavía pequeña e independiente-hace el trabajo sucio de descubrir a los autores nuevos con materia literaria innovadora para que, una vez realizada la criba, vengan los gigantes de la edición y se los lleven. No tiene que sentar bien que te levanten al escritor al que tú has puesto la mesa pero, a pesar de eso, los muchachos de Lengua de Trapo insisten en su tarea de encontrar al novelista distinto. Uno de ellos es Carlos Eugenio López (León, 1957), que publicó en esta editorial El orador cautivo (1997) y Delirios de Grandeza (1998) y que ahora nos ofrece Ahogados, un relato peculiar y formalmente atrevido en el contexto de lo que ahora se nos da a leer en España.
       Con muy contadas excepciones, hay que admitir que la escritura de diálogos es una asignatura pendiente de los narradores de este país. Los diálogos son una prueba de fuego para la verosimilitud de la obra porque a la vez que se leen, se oyen. La falsedad de su registro afectará a todos los componentes de la narración porque el lector admitirá en ella muchas y muy variadas mentiras excepto que los personajes no hablen como les corresponde; la naturalidad a la que tienden los diálogos cinematográficos nos ha acostumbrado mal; o sea, bien.
       Ahogados es una novela totalmente dialogada y en un grado de pureza que roza el riesgo formal. Va más allá que el teatro-bebiendo de él- al no contener acotaciones descriptivas de escenarios ni de caracteres ni de situaciones; ni siquiera sabemos el nombre de los personajes. Estos son dos; para distinguirlos, las palabras de uno están impresas en cursiva y las del otro, en letra redonda. Uno es más filósofo, más culto y por tanto, más dubitativo e insatisfecho; su oponente es un tío listo, un poco más práctico, un vividor quizás. La novela entera es un largo viaje en coche y ellos están cansados, hartos de hacer siempre lo mismo. Son unos currantes que no cotizan a la seguridad social y podrían ser camioneros, guardas jurados o camareros de una terraza de verano. Pero son asesinos a sueldo: han de matar a inmigrantes norteafricanos, uno a uno, hundiéndoles en el agua todavía con vida para que parezcan ahogados. Y después han de deshacerse del cadáver. Estos sicarios no son personajes nuevos, recuerdan mucho a Estragón y Vladimiro, los dos vagabundos que esperan a Godot en la obra de Samuel Beckett. El teatro del absurdo tuvo un seguidor de importancia en Harold Pinter. Pinter hizo una simbiosis con las creaciones de Beckett y los hampones de las películas americanas de intriga criminal— por ejemplo, Forajidos, de Siodmark—, sustituyendo la angustia existencial del hombre que espera a un dios que le salve por la del hombre que espera, que teme, que alguien le aniquile. Le llamaron teatro de la amenaza. Con unas pretensiones más humildes, de esos orígenes salen los muy locuaces y angustiados trabajadores de la novela de Carlos E. López. Cobrando dinero negro, haciendo un trabajo que no les gusta y que la sociedad rechaza (un doble juego, pues es esa misma sociedad quien les emplea a escondidas), estos dos pobres tipos saben que la amistad y la conversación son las únicas tablas a las que pueden agarrarse para no morir ahogados ellos mismos.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 6. 29/04/2000

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"