12/04/2009

Francis Bacon, extraño ateo

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       Cuando estalló la primavera en Madrid, justamente entonces, se inauguró la exposición antológica de Francis Bacon en el museo del Prado. Algo que, al menos, sorprende ya que él es un pintor de invierno, amante de los grises, de los fondos negros, de los colores que inspira el temor a la muerte. En el abril de Madrid, pues, cuando los mediodías son azules y dorados comos sonrisas, en El Prado se hacen largas colas para ver los cuadros de un artista atormentado y difícil. Yo estuve en una de esas colas porque Bacon es el pintor que más me gusta de los que no me gustan. No colgaría un lienzo suyo en el salón de mi casa ni siquiera para presumir. Y, sin embargo, reconozco que su pintura atrae con mucha más fuerza que la de muchos pintores admirados sin reservas. Quizás eso se debe a que la suya es una pintura trascendental, profundamente religiosa. Menos mal que Bacon no me oye porque si me oyera, me tiraría una brocha a la cabeza, dado que él se declaraba ateo con frecuencia.
        Un extraño ateo, porque estaba obsesionado con la crucifixión que, a su manera, pintaba en trípticos; los trípticos, no hace falta decirlo, abundan sobre los muros de las iglesias. Lo cierto es que Bacon tiene un misterio, una verdad escondida que necesitamos desvelar; esa clase de respuesta que podría aliviar la angustia que nos causan nuestros enigmas. Por eso es un pintor cada vez más contemporáneo ya que fuerza al espectador a meditar sobre su propia naturaleza. Bacon lo expresaba así: "El arte verdadero siempre te obliga a enfrentarte a la vulnerabilidad de la condición humana." Este ateo, tan convencido como poco creíble, ilustró esta teoría en las diversas recreaciones que hizo del retrato del papa Inocencio X, de Velázquez. "Es uno de los mejores retratos que se han hecho nunca y me obsesiona. Despierta en mi toda clase de sentimientos y pone en marcha toda mi imaginación", declaraba al crítico David Sylvester en 1962. Treinta años después, Francis Bacon moriría en Madrid, en brazos de una monja y con un crucifijo cerca. Es curioso que se piense en él, un irlandés, como en un continuador de la tradición pictórica española que va de Velázquez y Ribera hasta Goya y Picasso. Por eso está en El Prado y, ¿por azar o a propósito?, en tiempo de cuaresma y Pasión.
       
       *Este artículo se ha publicado en la sección MARCA AL AGUA de las páginas de opinión de Heraldo de Aragón. Si quieres añadir un comentario, tienes que escribirlo por email a jmheraldo@hotmail.com

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Este artículo pertenece a la sección "Culturland"