03/06/2000

José Ramón Martín Largo. La noche y la niebla

José Ramón Martín Largo. La noche y la niebla. Alfaguara. Madrid, 2000. 326 páginas. 2.600 pesetas.
       
       Tiempo de miedo y conocimiento
       
       Se dice que el que va a comprar una novela se fija en la portada, que quizás lea el primer párrafo de la primera página y que con seguridad va a leer el texto de la contraportada. Éste es un texto del que no hay que fiarse demasiado porque en muchos casos no se ajusta al contenido del libro; es natural, son unas líneas de promoción escritas con más ánimo de publicista que de lector. No es éste el caso de la contraportada de La noche y la niebla, a la que se califica de "novela negra metafísica". Ciertamente se trata de una narración filosófica, o "de ideas", sobre unas personas que viven el absurdo trágico del siglo XX tratando de definir su responsabilidad en cuanto a sus vidas. Aunque la novela se abra y se cierre con un crimen, habría que matizar que el adjetivo "negra" no la coloca en los terrenos de la intriga policial, sino que habría de aplicarlo en el sentido de oscura, por la tenebrosidad de los tiempos que les ha tocado en (mala) suerte vivir a sus criaturas.
        Esta es la tercera novela de José Ramón Martín Largo (Toledo, 1960), después de El momento de la luna y El añil. Es un escritor de grandes cualidades y grandes defectos en cuanto novelista. Posee el don de un estilo que con suma facilidad es capaz de expresar conceptos muy profundos; además, es una escritura cómoda, nada forzada. Da la sensación de que piensa siempre con el lenguaje adecuado y eso le hace muy agradable. Pero no es un buen narrador de historias. Como muchos lectores, pienso que una novela ha de contar una historia. Que tiene que estar bien escrita-y ésta lo está—, que ha de ser verosímil-y ésta lo es-y cuya trama se ha de desarrollar con lógica y con una buena gradación de secretos y clarificaciones para que el interés no se agote. Ahí falla el autor, que por diversas razones produce una trama confusa en la que llega a adivinarse el deseo de un crescendo argumental. Por un lado se centra demasiado en sus personajes-no muy bien diferenciados unos de otros-y en la conflictividad existencial que les atormenta. Aunque las reflexiones de éstos son siempre atractivas, parecen más propias del autor que de los mismos personajes; y, además, al ocuparse de temas de altura en detrimento de lo cotidiano, carecemos de unas caracterizaciones que nos permitan un mínimo de identificación. Tanto Salacrou-el misterioso artista en torno al cual transcurre la vida del relato-como el resto son invenciones frías, con las que el lector establece una distancia que sólo el impecable estilo de este escritor ayuda a romper.
       La peripecia vital de Salacrou, Yan, Lilian o Victor, nos lleva de una plácida ciudad portuaria hasta los campos de exterminio alemanes pero siempre desde un enfoque antirrealista, que no quiere decir que sea fantástico sino que se basa en la idea de que "el único pintor realista sería Dios, pues nadie más puede captar el sentido completo de la realidad". Así, los personajes tratan de indagarse-en el muy contemporáneo gesto de dar palos de ciego-para hallar en sí mismos la parte de culpa que les corresponde en una época dominada por la Historia como monstruo, en la que el individuo ya no es dueño mas que de su propio miedo. Martín Largo es un exquisito narrador del desconcierto humano pero no debe olvidarse de que para demostrarlo ha elegido la novela como género. Y la novela sigue siendo una historia.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 6. 03/06/ 2000

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"