12/08/2000

Nichola Barker. Al descubierto

Nichola Barker. Al descubierto. Traducción de Carmen Aguilar. Muchnik editores. Barcelona, 1999. 299 páginas. 3.500 pesetas.
       
       Playa de almas perdidas
       
       Víctima del continuo aluvión de novedades, Al descubierto fue una novela que pasó sin pena ni gloria cuando fue publicada en el último trimestre del año pasado. Con triste frecuencia los mismos libros tapan otros libros importantes en los mostradores de las librerías a la vez que los desplazan de la atención que merecen en los suplementos literarios. Muchnik se atrevió a apostar por una historia que no es fácil y que está poblada por seres humanos nada encasillables. La crítica británica ha dicho de ella que era demasiado buena para ganar el premio Booker, una aseveración que probablemente quiera decir que Al descubierto no es nada convencional. Porque el talante rebelde de la autora le empuja a seguir un doble juego: envuelve en precisión naturalista una ficción que huye de las vías psicológicas y sentimentales con que la narrativa actual acostumbra a resolver las intrigas argumentales.
        Nichola Barker tiene 34 años y ha sido hasta ahora una escritora de culto: pocas ventas, buena aceptación crítica y un grupo poco numeroso de lectores fieles. No obstante, ha recibido ya cuatro importantes premios literarios por sus dos conjuntos de relatos y por sus dos novelas anteriores. Pero parece ser que el reconocimiento general le ha llegado con la concesión del premio Impac, el mejor dotado económicamente de las islas británicas (que Javier Marías recibió en 1997) por Al descubierto.
        ¿De qué trata esta extraña novela? Es una historia de familia, de la familia real y de la inventada. De los lazos ilógicos con los que se teje un entramado de afecto y repulsión entre sus miembros. La autora nos introduce en la historia sin remilgos: Ronny viaja por la autopista todos los días y siempre ve cómo un hombre le saluda desde un puente. Picado por la curiosidad, se esfuerza en conocerlo: no tiene hogar y dice que se llama Ronny , pero eso es falso porque se llama James. Acabarán viviendo juntos. El falso Ronny acaba llamando Jim al Ronny auténtico. Éste tiene un hermano, Nathan, que trabaja en la oficina de objetos perdidos del metro de Londres. Nathan establece una relación desesperada con el falso Ronny, que acostumbra a visitar la oficina pidiendo objetos que no ha perdido pero que Nathan le da –incluyendo su propio reloj de oro-para quitárselo de encima. Todos acaban en un desolado paisaje de la costa inglesa, donde hay un pequeño pueblo, unas casas prefabricadas y una playa nudista. Allí aparecen Sara y su hija Lily, que viven de la cría de esos cerdos peludos que son los verracos. También está Luke, un solitario pornógrafo de buen ver. Y luego aparece Connie, en busca del beneficiario de una herencia. Sobre ellos planea un secreto: la activa paidofilia del padre de Ronny/Jim y Nathan. Estos solitarios desclasados son personajes excéntricos, deliberadamente ajenos a nuestra experiencia, pero que la autora no sólo los convierte en verosímiles sino incluso en admirables. Lily, por ejemplo, tiene 17 años y es, de entrada, bastante repulsiva: sucia, obsesiva, impertinente y enferma; no tiene un criterio propio pero pone orden en el revoltijo de sus deseos con una libertad y una determinación que subyuga al lector. Barker la describe como "pálida, ajena y submarina". Y esta descripción sirve como clave del estilo de la autora: omnisciente y dueña de los pensamientos de sus criaturas, solamente se mete en ellos cuando lo considera esencial, con unos comentarios que mezclan lo más sugerente del realismo narrativo y del lenguaje poético. No considera necesaria la interpretación de unos diálogos que conservan del absurdo su poder provocador y que, a la vez, se amoldan a una civilizada conversación.
        Es difícil rastrear los precedentes literarios de esta novela, en la que encuentro cierta similitud con las historias y las atmósferas del cine danés en películas como Rompiendo las olas, Celebración, o Mifune. Instalados en la marginalidad o coqueteando con ella, los personajes de Nichola Barker logran hacer un hueco en sus sorprendentes conductas para alojar una oscuridad universal, profundamente humana, en la que todos creemos haber perdido algo.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 12/08/2000

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"