14/10/2000

Ernesto Sábato. La resistencia.

Ernesto Sábato. La resistencia. . Seix Barral. Barcelona, 2000. 123 páginas. 1.600 pesetas.
       
       El dolor de mirar atrás
       
       Doctor en Física, Ernesto Sábato (Rojas, Argentina, 1911) abandonó su trabajo en el laboratorio Curie de París un día de 1945 para dedicarse por entero a la literatura. Fue una decisión acertada para la lengua española, que así ha podido contar con la trilogía El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abbadón el exterminador, novelas que le situaron en un nivel muy alto de la narrativa hispanoamericana, como corroboró el Premio Cervantes, que obtuvo en 1984. Estas obras, montadas sobre un armazón de géneros convencionales que las hace fáciles de leer, muestran un autor empeñado en el análisis de los conflictos del hombre contemporáneo y muy comprometido con la vigencia del pensamiento profundo. No es de extrañar que Sábato se haya dedicado también al ensayo, como en El escritor y sus fantasmas (1963), Apologías y rechazos (1979) y Uno y el Universo (1981).
        Ahora nos llega una obra menor, que podría clasificarse como ensayo, pero que es más bien un dietario, un cuaderno de notas y de reflexiones agrupadas en cinco apartados o temas generales que preocupan al autor especialmente. A estos apartados, digamos simples capítulos, Sábato les llama cartas. No tienen mucho de cartas, la verdad: no hay un destinatario-parece que lo son los lectores por un "les pido" o "les escribo" que hay en las dos primeras páginas-ni hay un diálogo subyacente como en toda epístola que renuncie a indicadores más superficiales en segunda persona. Esto es un detalle sin importancia pero es revelador, en tanto que, además de resaltar un discurso algo ensimismado, indica cierto desconcierto en cuanto al concepto con que se ha gestado el libro. El mismo título despista: no hay tal resistencia sino un lamento visceral, lleno de voz y rabia, por todo lo que se ha perdido a lo largo del siglo.
        A sus 90 años, el escritor ve cada década de su vida como una víctima mortal de la que viene a continuación, de modo que ahora, al final, ya se ha tocado fondo, ya no se puede ir más lejos en la pérdida de los valores que confieren dignidad al ser humano. Y su esperanza-no su resistencia-proviene precisamente de eso: cuando todo se ha destruido, comienza la necesidad de reconstruir.
        Las "cartas" están llenas de opiniones marcadas por un pesimismo que ya se intuía en las novelas de Sábato (aunque en aquellas se paliaba con la ironía). Comienza manifestándose contra el "efecto mágico y maléfico" de las pantallas de televisión o de ordenador, que hace "lerda la mente, perjudica el alma", y sigue con detalles cotidianos como los alimentos frescos envasados, a los que no se acostumbra. Aterroriza al autor la soledad del hombre contemporáneo, tan lejos de aquel que disfrutaba charlando en los viejos cafés de Buenos Aires. A Sábato le duele mirar atrás: el pasado se ha llevado un estilo de vida en el que la comunicación personal era primordial. Más adelante, sigue con su lista de desventuras de esta civilización: la pérdida de la vergüenza, por la que un delincuente y su familia se convierten en estrellas de los medios; la conversión de la muerte en un aséptico tabú, la desaparición de la responsabilidad individual, etc. Nadie puede discutir estas simples verdades pero sí que es discutible el tono apocalíptico, no exento de cierto tremendismo, con que Sábato las considera; dos ejemplos bastan: "Asistimos a una quiebra total de la cultura occidental" y "estamos frente a la más grave encrucijada de la historia". A veces, se cura en salud y dice que no habla por añoranza de un tiempo legendario ya que es necesario admitir que "muchos valores eran respetados porque no se vislumbraba otra manera de vivir". Pero es difícil creerse un texto que parece partir de una premisa falsa: el siglo XX ha sido un hermoso edificio que se ha venido abajo. Lamentablemente, este siglo ha pasado en muchas ocasiones por "la más grave encrucijada de la historia". La resistencia no tiene el valor de un testamento ideológico porque se reduce a enunciar un catálogo de males, ni tampoco es un texto testimonial ya que el nexo con la trayectoria vital del autor es casi inexistente. Tiene, eso sí, la prosa del buen narrador, del hombre culto que intenta, y consigue, que las palabras de nuestra lengua conserven todo su significado.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 14/10/2000

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"