04/04/1998

Lawrence Norfolk. El rinoceronte del Papa

Lawrence Norfolk. El rinoceronte del Papa. Traducción de Javier Calzada. Anagrama. Barcelona, 1998. 886 páginas. 4.900 pesetas.
       
       Ensoñación del Renacimiento
       
        Ambicioso, listo, imaginativo y excesivo, Lawrence Norfolk (Londres 1963) ha conseguido destacar en el panorama de la literatura británica, y ello a pesar de la poca distancia temporal que le separa de esa generación deslumbrante y arrolladora de novelistas que encabezan Julian Barnes, Martin Amis y Kazuo Ishiguro. La vía elegida por este joven autor ha sido la novela de inspiración histórica de mucha página, más cerca del conservadurismo postmoderno de Antonia Byatt que de las preocupaciones estilísticas e ideológicas de los narradores ingleses más recientes.
        En 1992, Norfolk gana el premio Somerset Maugham, y al año siguiente es distinguido por la revista Granta como uno de los escritores más prometedores, gracias a la publicación de El diccionario de Lemprière, una primera obra de eficaz factura situada en el s.XVIII y con una intriga en torno a la Compañía de las Indias Orientales. Como muchos de sus contemporáneos, Norfolk no quiere escribir sobre Inglaterra, un país pequeño sobre el que piensa que se ha escrito demasiado y huye hacia otras tierras y hacia otro tiempo. Inventa, inventa mucho, pero desde una biblioteca; es decir: imaginación, sí, pero muy documentada. Cuando se publicó su primera obra, todos los críticos mencionaron a Umberto Eco y es que el artificio erudito del italiano (una novela puede escribirse como una tesis doctoral) estaba muy presente en aquella como lo está en esta segunda que acaba de aparecer bien traducida al español.
        El Rinoceronte del Papa es un entretenido relato de aventura de casi novecientas páginas en torno a una idea motriz digna de García Marquez: en Roma, centro del mundo en el Renacimiento, los embajadores de España y Portugal se disputan la simpatía del papa León X, quien les sugiere o impone una prueba consistente en traerle al adversario del elefante que ya posee, un animal que menciona Plinio. Se trata de un rinoceronte al que hay que capturar a "dos oceanos y un mar de distancia". Hay pues, un viaje y una peripecia y, por encima todo, un descubrimiento gozoso de que la distancia es un término relativo, de que el hombre, con velas y viento, es rey en la tierra. Poder transmitir ese sentimiento característicamente renacentista es un logro indudable del autor, conseguido por medio de una minuciosa construcción de múltiples personajes representativos de una época de luz inmensa y tinieblas residuales; aquí se cruzan los rudos monjes de un monasterio en el mar báltico con viciosos y refinados cardenales, intrigantes cortesanos con ex-mercenarios bondadosos e ingenuos africanos con terrible soldadesca. Hay estrépito, calma y voluptuosidad en la prosa de Norfolk. Esta se caracteriza por su exuberancia, por cierto exceso descriptivo que, si bien consigue páginas magníficas, anega matices y posibles sutilezas con un alarde de diccionario y de datos ambientales; posiblemente sea esa exhibición léxica la culpable de algún momento de confusión y de estancamientos rítmicos, lo que no es, de ninguna manera, obstáculo para que el autor logre transmitirnos todo el esplendor y la atrocidad de un momento de la historia en el que se intuye que los sueños pueden ser reales con sólo pisar otro lugar, otro continente.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 12. 04/04/1998

Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"