04/07/1998

Kathryn Harrison. El beso

Kathryn Harrison. El beso. Traducción de Susana Camps. Ed. Anagrama. Barcelona, 1998. 191 páginas. 1.900 pesetas.
       
        La cálida piel de la culpa
       
       La pasión reconoce sus límites pero no los respeta, se alimenta y crece en el desbordamiento de lo culturalmente racional, de lo admitido por los otros. La cara de la pasión puede ser sentirse vivo en una medida extrema, mientras que su envés es siempre terreno abonado para la culpa. Nunca podrá aplicarse esto mejor que cuando se trata de una entrega incestuosa. En 1997 la sociedad literaria americana se conmovió cuando la novelista Cathryn Harrison publicó unas confesiones, casi un diario, de la relación amorosa que había mantenido con su padre durante cuatro años.
        Ahora nos llega, bien traducido por Susana Camps, este testimonio de una historia familiar de evidente dureza pero contada con serenidad, con sencillez y con la suficiente profundidad para ir más allá de esa caja de todos los truenos que es el incesto. Porque El beso es un relato sobre la soledad en familia, sobre la soledad más espesa en la que una niña y después, una adolescente, ha de construirse, con herramientas inadecuadas y casi a ciegas, un mundo afectivo, unas referencias sentimentales en las que apoyarse para vivir.
        Ausente su padre desde que ella tenía 6 meses, la narradora crece viéndolo y sintiéndolo en cada gesto, en cada frase de la madre; hay una presencia constante del padre en ese espacio vacío que las dos mujeres llenan de enorme sensualidad. Y en esa imaginada presencia masculina polarizan y subliman madre e hija todos sus conflictos. Cuando muchos años después aparece el padre y se materializa un triángulo amoroso, la hija se ve manipulada pero también arrollada y seducida sin resistencia en una relación en la que es víctima y amante, además de traidora de su madre; todo ello le crea un sentimiento de culpa que trata de aliviar iluminando las tinieblas familiares, ya crónicas, y los nuevos fantasmas personales. Quiere racionalizar la culpa para eliminarla y por eso la narración se llena de explicaciones, de sesiones de autoanálisis, que si bien incrementan la noción de sinceridad que suele exigirse a las confesiones, entorpecen el desarrollo de la trama amorosa y lo que constituye su principal atractivo: la evolución de un carácter sometido a fuertes presiones sentimentales. Con un lenguaje nada metafórico, simple e impulsivo, Harrison crea un personaje femenino creíble y vulnerable al que sitúa en el centro de un relato que, levantado a partir de materiales muy ásperos, se convierte en una historia con final feliz; porque hay algo que está muy claro: sentirse culpable es siempre el primer paso, y el más importante, para llegar a la redención.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 10. 04/07/1998

Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"