19/09/1998

Edward Rutherfurd. London

Edward Rutherfurd. London. Traducción de Camila Batlles. Ediciones B. Barcelona, 1998. 1.135 páginas. 3.500 pesetas.
       
        Londres o las ciudades inventadas
       
        Londres ha sido escenario de invenciones literarias desde que en el siglo XIV Geoffrey Chaucer decidió que un grupo de peregrinos parlanchines iniciara allí su viaje hacia la tumba de Thomas Becket en Los cuentos de Canterbury. Pero fue en el XIX cuando Dickens concibió Londres como la perfecta metáfora urbana de un mundo en efervescente transformación. Siendo Dickens el autor más popular de su siglo, no es de extrañar que la ciudad se erigiera en un universo simbólico, en un personaje literario de primer orden, con una combinación espectacular de caos y orden, de dinero y pobreza, de luz y sordidez. Ese cúmulo de contrastes sirvió a Stevenson para acentuar la dualidad del alma humana en Dr Jeckyll y Mr Hyde; su creación ayudó a establecer la atractiva esquizofrenia de una ciudad única: extremadamente educada y respetable de día pero peligrosa, casi siniestra de noche.
        Cada vez que un autor metía Londres en su obra, le quitaba un trozo de realidad para añadirselo de ficción, hasta el punto de que ahora quizá sea una capital totalmente inventada. ¿Es Bloomsbury el barrio que vemos alrededor del Museo Británico o es el plano de ese sueño de modernidad y tolerancia leído en Virginia Woolf, Edward Morgan Foster o D. H. Lawrence? Pero sí Bloomsbury quedó "inventado" para siempre por un grupo de escritores entonces de vanguardia, hay otros barrios que evolucionan al mismo ritmo que las novelas que los describen. El Soho fue barato y sombrío para las aventuras del padre Brown, el cura-detective de Chesterton, y las mismas calles que fueron recorridas por la encarnación del mal que representó el doctor Fu Manchú, de Sax Rohmer, se pusieron al día en la reciente y espléndida novela de Timothy Mo, Agridulce, en la que una familia china trata de integrarse en la vida inglesa bajo la sombra amenazante de las triadas o mafias; pero el Soho no quiere ser decorado criminal y se vuelve alegre y promiscuo en los noventa con los avatares sentimentales de cuatro chicos de mucho gimnasio y rayos uva en la última obra de Allan Hollinghurst, The spell (El hechizo). Este autor ya había paseado por el señorial barrio de Chelsea en La biblioteca de la piscina, al igual que los elegantes y solitarios personajes de clase alta que aparecen en las novelas de Anita Brookner, esa discípula de Henry James.
        Pero ha sido Hanif Kureishi quien se ha atrevido con el Londres multiracial y socialmente agitado de la periferia en El buda de los suburbios o Mi hermosa lavandería. Es otro Londres, que está siendo escrito ahora en Camdem, Bromley o Brixton, allí donde llega la última parada del metro, barrios que también exigen verse reinventados en páginas de novelista.
        Ahora, Edward Rutherfurd publica en España un libro de más de mil páginas al que llama London: no hay engaño, pues, ya que aquí Londres no está al servicio de la narración sino que la domina como protagonista absoluto. Todo el armazón narrativo y toda la carga ficticia han sido diseñados y desarrollados por el autor para mayor gloria de la ciudad de ciudades, a la que ve como un ser vivo en sus fases de gestación y crecimiento, en la decadencia y en la plenitud.
        Varias familias conducen, de forma continua o esporádica, la evolución de la ciudad desde que sólo era un poblado celta hasta los bombardeos de la segunda guerra mundial; en veinte capítulos el autor trata de conducir al lector por el Londres romano, por el vital y tabernario que vivió William Shakespeare, por el de la república de Cromwell, por el afectado y pecaminoso de la Restauración o por el puritano e industrioso de la reina Victoria. Ahora bien, este viaje tiene más de guía histórica que de novela, aunque el autor haya pretendido lo contrario; los personajes y las distintas tramas sustentan un trabajo de investigación que se sobrepone a los intentos de crear una obra de ficción. Dicho de otra manera, los abundantes datos sobre la política, los modos sociales o la vestimenta de cada periodo vienen primero y las emociones, después, lo que produce, sobre todo, una lectura totalmente recomendable para los amantes de la historia.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 13 19/09/1998

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores anglosajones"