31/10/1998

Leonardo Padura. Paisaje de Otoño

Leonardo Padura. Paisaje de otoño. Tusquets. Barcelona, 1998. 260 páginas. 2.000 pesetas.
       
        Retrato de detective en su desencanto
       
       El género policíaco ya no es lo que era; poco a poco, se ha ido alejando del libro de tapa blanda y barato, que se vendía en los quioscos a lectores de viaje en metro o insomnes crónicos. La culpa quizá la tuvieron Dashiel Hammett, o James M. Cain o Raymond Chandler: ellos crearon detectives que no sólo tenían que resolver un caso criminal sino que tenían que ser, a la vez, testigos de la realidad social; es decir, una especie de ojo privado del hombre de a pie puesto en el cuerpo de un héroe valiente, rebosante de inteligencia y escepticismo.
        Ahora nos llega la cuarta aventura del teniente Conde, una creación del cubano Leonardo Padura en la que se dignifica en grado extremo pero verosímil a un investigador de la policía del estado. Conde entiende de arte, lee poesía y sueña con retirarse a una casa frente al mar para dedicarse a escribir; le gusta conversar, bebe poco y canta boleros sólo cuando presiente el amor. Un personaje así, cuando está tan bien construido como en Paisaje de otoño, se come el resto de la ficción y el relato se convierte en un retrato en primer plano de un detective con un cadaver al fondo.
        El cadaver es el de un alto cargo castrista que se exilió en España y que vuelve a La Habana años después en busca de algo; de la isla ya no sale, muerto de un golpe en la nuca y con los genitales cortados. Se hacen las preguntas habituales del enigma: quién lo mató, qué vino a buscar y por qué esa sádica mutilación. Pero la respuesta, que la hay y convincente, no fluye por los despachos de una comisaría ni por callejones solitarios sino por un lúcido y absorbente análisis de las tripas de la dictadura castrista. Conde desempeña su papel de testigo social con conocimiento político, conciencia de perdedor, y mucho desencanto: es miembro de una generación que malgastó sus sueños y a punto de retirarse, él no es más que un funcionario engañado dejado a solas con su ética. Y con su cultura, porque ésta es una de las escasísimas novelas de "serie negra" en la que nadie habla con monosílabos: los miembros de la sociedad cubana que aquí aparecen, sean privilegiados y corruptos u orgullosos supervivientes, saben conversar sobre todos los temas, de beisbol o de Mozart, de psicología o de impresionistas franceses. Es un mundo de exrevolucionarios con señorío que viven en casas con paredes que se caen pero que encierran tesoros, provenientes en su mayoría de las expropiaciones a las familias adineradas que huyeron de Fidel.
        Paisaje de otoño completa una tetralogía de la que forman parte Pasado perfecto, Vientos de Cuaresma y Máscaras, que fue premio Café Gijón. Aunque es de lectura muy fácil, que nadie espere una novela ligera; es un relato profundo y apasionado sobre la decepción, personal e histórica, de un hombre bueno, que se apoya en las reglas, respetándolas siempre, de la ficción criminal y que está escrito con una prosa elaborada y directa, sencilla en su resultado, muy adecuada al carácter de un héroe admirable, el íntegro y difícil de olvidar teniente Conde.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 8. 31/10/1998

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"