07/11/1998

Menchu Gutiérrez. La tabla de las mareas

Menchu Gutierrez. La tabla de las mareas. Ediciones Siruela. Madrid, 1998. 100 páginas. 1.800 pesetas.
       
        La belleza feroz
       
       Ante todo, hay que precisar que cualquier cosa que se diga sobre La tabla de las mareas podría resultar de una bastedad insoportable, pues este libro es un refinadísimo ejercicio de narrativa poética, en el que la belleza, vestida con versos muy breves y casi abstractos, deja entrever su lado más oscuro —allí donde el mal devora y se alimenta—, descubriendo el misterio de la atracción, el deseo del deseo, los mecanismos de obediencia al envés de las normas.
        Menchu Gutierrez (Madrid, 1957), lleva una larga carrera como traductora y ha publicado cuatro libros de poesía, de los que el último ha sido La mano muerta cuenta el dinero de la vida; también es autora de dos novelas, Basenji (1994) y Viaje de estudios (1995). De toda su obra puede deducirse una voluntad de independencia y de diferencia con respecto a los autores de su generación y a las pautas de la moda o de la mercadotecnia de la creación literaria. La escritora única, enormemente singular, que ella es emerge con fuerza y con vocación transgresora en La tabla de las mareas. Esta obra corta y muy intensa se desarrolla en torno a un número muy limitado de personajes: un niño y una niña, el hombre joven y la mujer joven, el hombre y la mujer en su madurez, además del demonio y la demonia; y transcurre en un escenario tan esquemático como un dibujo infantil: un río y sus dos orillas, una casa y un bosque, la iglesia blanca y la iglesia negra. Un universo vallado, teñido de penumbras góticas. Son elementos narrativos que viven en pequeñas frases iguales a versos, en párrafos como estrofas. Las palabras crean objetos y sensaciones en un juego en el que se destruye lo ya visto, lo recordado, nuestro prejuicio del nombre siempre unido a lo que se ve.
        La naturaleza es la apariencia preferida por la belleza, que la utiliza como anzuelo: la niña trata de tocar las hojas de un tilo cuando se columpia, en un punto del trayecto del columpio, conoce al demonio; sube el oleaje que maltrata la barca donde va el hombre, quien siente un irreprimible deseo de arrojarse al agua. Poco a poco, la belleza exhibe su rostro, que es el del cristal que al tocarse se rompe y hiere o el del amante que abraza tan fuerte que asfixia. Y es que detrás de ella respiran y viven los demonios, una especie de agujero negro, un imán al que nadie puede resistirse, porque los demonios conocen los deseos de los hombres o son el deseo mismo. El hombre maduro ve su lecho ocupado por la mujer y la niña y se siente excluído: en ese mismo momento, la demonia se lo lleva cogido de la nariz al bosque. Menchu gutierrez describe muy bien cómo nuestra alma necesita el misterio del que también está hecha: "Todos sabemos, con el niño, lo que está al otro lado de la puerta y respira por él y para él. Todos sabemos que eso lo llama; sabemos lo que eso es. Más tarde o más temprano, el niño asistirá al milagro negro que abrirá ese candado". Los demonios atienden la búsqueda de satisfacción y la de herida, respetando levemente el ciclo de las mareas, porque al final de la narración queda la idea de que el hombre sólo se reconoce completo cuando siente el aliento del diablo. Poesía perversa, literatura del mal, no continúa las formas pero sí el espíritu del Henry James de Otra vuelta de tuerca. Ciertamente, la ficción de Menchu Gutierrez es tan distinta que exige un ajuste en la mirada del lector, pero tiene una capacidad de sugerencia tan fuerte, está tan llena de silencios desmenuzados, que realmente merece conocerse. Un libro para releer.
       
        Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 6. 07/11/1998

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"