05/12/1998

Alberto Olmos. A bordo del naufragio

Alberto Olmos. A bordo del naufragio. Anagrama. Barcelona, 1998. 174 páginas. 1.500 pesetas.
       
        El desasosiego del solitario inmóvil
       
       Las ciudades son un mundo de jóvenes que abarrotan las mismas discotecas, llevan la misma ropa y beben el mismo alcohol, y cuya uniforme identidad les hace blanco perfecto para la caza de consumidores. Pero hay jóvenes que no tienen cuarenta duros para una lata de cerveza, que quieren leer un libro de Pessoa y han de robarlo; en resumen, gente excluida del sagrado círculo de la divina juventud.
        Un universitario expulsado y autoexiliado de ese paraíso de acné y música pop nos habla desde Al borde del naufragio, la novela con la que Alberto Olmos—23 años, segoviano—ha resultado finalista del Premio Herralde.
        El discurso de este precoz antihéroe es un monólogo atropellado, impulsivo, lleno de furia y desasosiego emitido desde una segunda persona que se dirige al narrador—es decir, a sí mismo—, con lo que introduce una distancia entre el protagonista y su voz que no sería posible o tan explícita si empleara la primera persona. Este es un recurso que hace distinta esta confesión, y declaración de principios, de un muchacho muy marcado por la timidez, el rechazo de un mundo externo y la visión del fracaso social demasiado cercano, casi inevitable.
        Olmos comparte los vicios de la joven literatura española como son la afición por los aforismos —"las novedades del adulto no son descubrimientos sino desengaños"—; las comparaciones ocurrentes, "Hacen tan buena pareja como un angel y un procesador de textos"; y la tendencia a opinar sobre todos los aspectos de la vida. Pero también es cierto que este escritor sabe separarse del eje Bukowski-Loriga a través de un léxico más rico que el que es habitual y de una cultura literaria que integra en el flujo de su conciencia. Pero su máximo acierto consiste en la inclusión del relato independiente, marcado en cursiva, de su niñez y adolescencia: una historia de aprendizaje, dura, sin concesiones, que funciona como contrapunto frente al tono irónico del resto de la novela. Esta está dominada por un humor triste que procede de la principal característica del personaje—un "licenciado en soledad, doctorado en silencio"—que es una mal llevada incapacidad para tomar iniciativas, "Sueñas con el día en que se desatarán los nudos para poder levantarte y abandonar la pecera", unida a su misantropía repetidamente declarada, "Te pones enfermo con todo lo que se mueve" o "No hay nada tan bello como un recinto público sin público", y que dirige muy especialmente a su propia generación: "No confies en nadie que tenga tu edad. Tú tienes tu edad y sabes lo poco que se puede esperar de tí".
        Al final de la novela lo sabemos casi todo de este tierno desarraigado porque es un personaje escrito con sangre, humor y dolor, que se hace querer por el lector dado que su perplejidad y su desamparo son tan ciertos como que las series juveniles de televisión son todo mentira. Alberto Olmos es un buen narrador, aunque eso lo demostrará cuando abra su pecera a personajes distantes de ese pez-yo, tan bien descrito que en una primera novela ya se ha agotado.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 9. 05/12/1998

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"