20/02/1999

David Trueba. Cuatro amigos

David Trueba. Cuatro amigos. Anagrama. Barcelona, 1999. 261 páginas.
       
        Ritos de despedida
       
        Cuando uno se da cuenta de que ya no es inmortal y de que la enorme piedra del futuro está a punto de caérsele encima; cuando el sentido de humor se amarga y las resacas evitan los espejos, uno empieza a sospechar que los años del derecho y del deber de vivir la juventud se están acabando. Y el fin de una etapa, sobre todo de esa etapa, merece una última gran juerga. Un adiós empapado de alcohol, sexo rápido y afectos gastados se celebra y se padece en este viaje "al centro de las piernas" o "vuelta al culo en 80 días"-como se dice en las primeras páginas-que emprenden cuatro hombres a punto de cumplir la treintena.
        David Trueba, coguionista de significativas comedias cinematográficas como Amo tu cama rica o La niña de tus ojos y director de La buena vida, ha publicado un conjunto de textos cortos, Artículos de ocasión (Xordica), y una primera novela, Abierto toda la noche (Anagrama), que se vendió bien y que fue acogida con simpatía por la crítica.
        En Cuatro amigos es fácil seguir las huellas fílmicas que nos llevan a películas del género de carretera en su versión desmadrada como Airbag o a otras tan emblemáticas en la puesta al día del romanticismo como El graduado. Las influencias literarias son múltiples pero todas conducen a la obra de Douglas Coupland, ya sea Generación X o La vida después de Dios; quede claro, no obstante, que David Trueba tiene un estilo propio, que es habilísimo en la escritura de diálogos y que tiene un sello muy español en su patente capacidad de observación, virtud esencial en la literatura costumbrista que él practica. Pero el mayor mérito que se desprendía de su primera novela, su destreza para combinar la seriedad introspectiva con la farsa, se convierte aquí en su principal defecto porque lo cómico no se desprende de la realidad sino que la produce y la fuerza. El resultado de este fallido ensamblaje es que mientras que los episodios de reflexión o los amorosos son verosímiles, resulta difícil creerse los cómicos o incluso reírse con ellos. De eso parece consciente el autor porque los alarga y recurre a la exageración con frecuencia.
        El punto de partida de la peripecia es el siguiente: el narrador, apodado Solo, acaba de dejar su trabajo de periodista primerizo y de romper su relación con la chica de sus sueños. Un verano, él y sus desmitificados amigos alquilan una furgoneta y deciden hacer un viaje en principio sin rumbo, sin mujeres y sin ataduras afectivas. Un propósito que es un alejamiento -o un aplazamiento— de todo lo desagradable que la definitiva edad adulta ha empezado a mostrar. Los capítulos de presentación son eficaces y producen esa ilusión del viaje en blanco, de ese tiempo en el que podremos mentirnos y hacer cuenta nueva. Enseguida se nos presenta a los compañeros de Solo: Blas, el gordo buenazo e infeliz; Raúl, casado y adicto a las prácticas sadomasoquistas y Claudio, un guaperas primitivo. Poco o nada se añade después a estas caracterizaciones, quedándose estos personajes en necesarios comparsas del narrador que, dueño de la primera persona, se reserva para sí una información mucho más compleja. Él apoya su discurso en cuatro fundamentos: Sexo, Amor, Amistad y Familia, todos ellos fuente de frustración en distinto grado: su padre le inspira odio; de los amigos está cansado; el sexo le ofrece oportunidades decepcionantes; y el amor pleno parece esquivarle. De Castellón a Lugo, el viaje confirma a Solo como un antihéroe en busca de algo que dé sentido a su existencia. Ese sentido parece asomarse en su vocación de escritor: al final de cada capítulo se nos enseñan fragmentos de Escrito en servilletas, germen de lo que será su futura obra narrativa; textos de dietario que en sí mismos no tienen mucho interés pero que iluminan el buen lado oculto de alguien que se ve con el carácter más negativo de la pandilla.
        Como en toda novela de carretera, los distintos trayectos del viaje abren la ficción a situaciones y personajes distintos: destaca el capítulo dedicado a Estrella, una vieja dama rebelde en un hotel solitario, y otros podrían destacar, como el de las fiestas de un pueblo, si fueran más breves. El de la boda es quizá el más equilibrado en cuanto a la combinación de elementos tragicómicos a pesar de algún brochazo fuerte y de la deuda muy explícita a la ya mencionada película El graduado.
        "Sólo sabemos ser jóvenes " se dice en un tono de lamento. Ese tono que emplean los que acaban de dejar de serlo. Por eso esta novela será leída con gusto, siempre que se produzca el misterioso mecanismo de identificación entre obra y lector, por hombres –y quizá por mujeres— que ayer todavía tenían veintitantos años. La buena descripción de ambientes y de escenarios muy cercanos a nuestra experiencia, los abundantes diálogos muy coloquiales y el nihilismo romántico del personaje principal son valiosos elementos para un posible éxito de ventas de esta historia que, por otra parte, encierra un excelente guión previo para su adaptación cinematográfica.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia. 20/02/1999

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"