14/11/1998

Antón Castro. Los seres imposibles

Antón Castro. Los seres imposibles. Ed. Destino. Barcelona, 1998. 182 páginas. 1.900 pesetas.
       
        Donde nada es mentira
       
        No es Aragón una tierra muy propensa a la fantasía, sobre todo si se la compara con zonas más boscosas y umbrías. Su paisaje de aire muy limpio, vid, fruta y oliva, no parece el más adecuado para albergar a criaturas extraordinarias; lo que no quiere decir que éstas no existan. Sólo hace falta que alguien sepa distinguirlas, y pueda caracterizarlas y comunicar su naturaleza a ojos y oídos atentos.
        En Los seres imposibles, el papel de mediador entre el prodigio y los incrédulos es ejercido por Antón Castro, un coruñés dedicado durante años al periodismo cultural y autor de tres libros de relatos, de los que el último—El testamento de amor de Patricio Julve (Destino, 1995)—recibió elogios de la crítica y una acogida más que favorable por parte de los lectores.
        La belleza intensa y, a la vez, tímida y silenciosa del Maestrazgo—esa zona de Teruel lindante con Castellón—es el escenario del que Castro se ha venido apropiando para construir su exclusivo territorio de autor. Y aunque sus relatos pueden transcurrir en otras partes, el Maestrazgo es un elemento decisivo en el dibujo de sus mentiras, de manera que gracias a la proporción que contengan de este paisaje pueden parecer verdaderas.
        Este escritor es de los que cree en la imaginación y su libro está dominado por cierta nostalgia de sobremesa invernal en torno a un buen narrador de misterios. El segundo relato, Caballos en la noche, da ya el tono del resto del volumen: un tal Leoncio, "embustero y charlatán", habla de su visión de un caballo con una cruz de ceniza en la frente a los tertulianos de un casino y éstos se sienten provocados a participar en un festín de fabulaciones equinas; y así se pasa la tarde.
        Castro destaca en las distancias cortas, como en El ciego, un cuento homenaje a Enrique Vila-Matas, pero también puede ser excelente en las medias, como en La joven y la rana, el relato con más humor de todos, en el que una adolescente forofa del nuevo pop británico y de Los Rodriguez, demuestra que las metamorfósis más clásicas no han dejado de darse en la era digital. En El cabrero salvaje, hay una versión del idilio del monstruo de Frankestein y la niña al borde de un lago del pirineo, y en La bruja de Trasmoz, la atención se fija en una joven modosa y perversa olvidada por Becquer en sus Leyendas.
        El autor se aprovecha de otras ficciones o las inventa totalmente, siguiendo la estela de los que él siempre ha reconocido como sus maestros: Cunqueiro, Perucho, Borges.Obsesionado por la realidad de lo extraordinario, Castro se empeña en dar tradición cultural a sus leyendas, citando a escritores clásicos y coetaneos en un juego metaliterario de medias verdades; pero la erudición explícita, aunque sea recreada, no es necesariamente un buen cimiento para la verosimilitud: aquí, muchas veces es superflua y no quita sino que añade artificio. Un aspecto mejorable en la narrativa de un escritor joven, que se abandona a la fascinación de contar historias por el placer de escucharlas y que crea nuevas mitologías para esos lectores necesitados de la hermosa y olvidada literatura oral.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 6. 14/11/1998

Este artículo pertenece a la sección "Escritores aragoneses"