Rosa Pereda. La sombra del gudari

Rosa Pereda. La sombra del Gudari. Planeta. Barcelona, 1999. 200 páginas. 2.500 pesetas.
       
       Tan frágiles como los héroes
       
       Entre la onda expansiva de un himno nacionalista y la reflexión posterior de un intelectual desencantado sobre la "generalizada estupidez del tardofranquismo", nada más acabarse los años sesenta había un espacio temporal ocupado por la duda de los héroes, por la confusión de unos jóvenes militantes que se preguntaban si el asesinato o la autoinmolación tenían que estar necesariamente en el programa de su disidencia. Eran guerreros fuertes por su juventud y a la vez, frágiles por su inmadurez; perfectos, pues, para ser manipulados por los agentes nacionales e internacionales de nuestra historia reciente.
       Formalmente sencillo y moralmente arriesgado es el relato que de ese momento político y, muy especialmente, que de esas personas hace Rosa Pereda (Santander, 1949) en su primera obra de ficción. Autora de ensayos literarios y libros de entrevistas, tiene que enfrentarse a la mala prensa crítica que tienen los periodistas tentados por la narrativa. Nada ha de temer Pereda a este prejuicio porque La sombra del Gudari es un ejemplo de medida, de pudorosa incursión en el género novelístico, con la que obtiene un resultado más que notable: interesa, emociona, es capaz de permanecer en la memoria. El pudor de la autora se explica por el miedo que la novela inspira, al basar su tiranía en el misterio de sus reglas, y ese respeto se manifiesta en dos frentes. Por un lado, en el constante autocontrol sobre su estilo: se nota cierta preocupación por que éste no adquiera nunca mayor protagonismo que los personajes, que constituyen el componente más querido, por no decir adorado, de la obra. La escritura es realista con tendencia hacia lo poético que la autora se encarga de sujetar para que la realidad emerja muy clara. Y por otra parte, ha elegido una estructura construida sobre un modelo ya clásico y bastante seguro: concede un capítulo a cada personaje, guardando el primero y el último para la narradora; estos dos, en primera persona mientras que en los diez centrales emplea el llamado estilo indirecto libre, es decir, una tercera persona falsamente distante que se mete en los pensamientos y en las palabras textuales de los personajes siempre que lo desea.
       En 1970, ETA comete un atentado en el que muere un policía y uno de los dos terroristas, el que conducía el coche, mientras que el que dispara logra ponerse a salvo. Es un hecho inventado pero que sirve como motor de toda la narración: cuatro mujeres dan su versión de los días anteriores al crimen y de la diáspora a que éste les obligó. El mayor acierto de la escritora reside en el dibujo de estos cuatro caracteres femeninos, hábilmente diferenciados según su procedencia social —desde la familia obrera hasta la alta burguesía vasca— , su educación y sus rasgos individuales. Todas, no obstante, tienen en común la creencia de que su militancia en la extrema izquierda, aunque tenga como fin cambiar el mundo, antes les ayudará a cambiar su propia vida. La revolución es para ellas algo excitante, el único camino para la liberación personal. Pero ese sentimiento de ser dueñas de su propio destino dura un instante porque estas mujeres inteligentes pronto se dan cuenta de que su idealismo sólo es el flujo en el que les arrastra y les devora la historia. Hay un sentimiento que brota constantemente a lo largo del libro: la vulnerabilidad del territorio individual, y la imposibilidad de repetir la experiencia para defenderlo y reafirmarlo; la vida es un cursillo permanente de autoconocimiento en el que nadie puede rectificar las lecciones manchadas con sangre.
       En contraste, los personajes masculinos acusan cierta flaqueza pero la autora sabe disimularla aumentando la expresividad del estilo-en el caso de César-o por medio de una descripción más oblicua, como ocurre con Javier. Esto, a la vez, produce una mayor variedad de registros, que incluso llega al de la novela de espìonaje. Pero estos legítimos trucos de escritor no impiden que este relato vaya cobrando cada vez más fuerza y que a pesar de la timidez con que parece haberse planteado se convierta en un testimonio visceral, en muchos sentidos inaudito y polémico, sobre los héroes frágiles y confundidos con que se han alimentado los monstruos de nuestra historia más cercana.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 8. 20/03/1999

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Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"