21/06/2009

6 vasos azules

Tengo un vaso frente a mí, en la mesa de la cocina, que tiene el color con que pintan los niños los ríos de sus paisajes. Es impensable que un niño pinte un río de marrón; lo pinta de azul Alpino. Hace un año, en Zaragoza hubo una exposición universal al lado de un río al que llegó un iceberg que había podido esquivar al Titanic. Pasé muchas horas en ese paisaje de cuento y lo hice siempre con un vaso azul en la mano, no porque fuera tonto o friki sino porque quería exhibir mi conciencia medioambiental. El vaso costaba un euro, lo usabas las veces que querías y, al final, o lo devolvías (y recuperabas el euro) o te lo llevabas a casa. El vaso, insisto, era como un DNI de visitante enrollado y ecológico.
        Mi primer vaso lo adquirí nada más llegar a la Expo por primera vez. El segundo, me lo llené de cerveza durante una actuación de Diana Krall. La Krall cantó como nunca ya que, a su banda de músicos extraordinarios, se le añadió el cierzo, ese trompetista de jazz de inusual capacidad de improvisación. En medio de una canción de Cole Porter, y mientras volaban las partituras, la parejita que estaba a mi lado se olvidó del concierto y del mundo en una nube de carantoñas. Cuando ellos dos se fueron, también se olvidaron de coger sus vasos azules. No me lo pensé dos veces y me los pillé para mí. Ya tenía cuatro.
        Otro día, visité el pabellón de España, que contenía una colección de piedras preciosas. Entre ellas, estaba el "Corazón verde", una esmeralda muy grande que había dado título a una peli de aventuras protagonizada por Kathleen Turner y Michael Douglas. Miré fijamente la esmeralda y traté de imaginarme como Douglas. Lo conseguí, pero la experiencia de ir de aventurero por la selva colombiana me extenuó y me dio mucha sed. A la salida, me compré otro vaso reciclable y lo llené de cola light. Fue mi quinto vaso.
        El último día de la Expo, intenté hacerme con otro pero se habían agotado. Logré convencer a un adolescente para que me vendiera el suyo por cinco euros. Ya tenía la media docena. Es todo lo que me queda de aquello. Diana Krall ha grabado un nuevo disco, un pelín cursi, que se llama "Noches tranquilas", es decir, sin cierzo. Y el iceberg ha desaparecido, hundido en las aguas turbulentas de los malos tiempos.
       
       *Este artículo se ha publicado en la sección MARCA AL AGUA de las páginas de opinión de Heraldo de Aragón. Si quieres añadir un comentario en este blog, tienes que enviarlo por email a jmheraldo@hotmail.com

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Este artículo pertenece a la sección "Querido Caos"