24/04/1999

Jaime Bayly. Yo amo a mi mami

Jaime Bayly. Yo amo a mi mami. Anagrama. Barcelona, 1999. 403 páginas. 2.900 pesetas.
       
       El regazo de las maravillas
       
       A estas alturas de su obra, Jaime Bayly (Lima, 1965) ya ha conseguido crear su propia marca de autor: esto tiene la ventaja de atraer a un público adicto y fiel y un inconveniente, el de atar la creación literaria a unos cuantos prejuicios. Con No se lo digas a nadie, Fue ayer y no me acuerdo, y La noche es virgen, Bayly se ganó la etiqueta de buen escritor de temas escabrosos. A nadie le gustan las etiquetas, por eso en la campaña promocional de esta quinta novela suya, se han emitido mensajes del tipo de "esta vez ya no es más de lo mismo". Una verdad a medias porque Yo amo a mi mami complementa—y de qué espléndida manera-el personaje del desorientado joven adulto que conocimos en sus obras anteriores.
        Todo Bayly está aquí: su monólogo fingidamente autobiográfico; su español fluido y expresivo, con la calidez del habla peruana, a la que añade con gracia una pizca de sal spanglish ("llegó vestida de full Disney y fue a tomarse sus drinks"); su relación de amor y odio con Lima y, sobre todo, la crítica de las clases altas de Perú-esos ricachones blancos, que hablan inglés y que mandan a sus hijos a estudiar a Miami-resaltada aquí con un enfoque mucho más cínico, que roza la maldad más divertida, pues el héroe es un niño, quien con vocecita inocente nos cuenta cosas como que su mamá ofrece el dolor de la depilación con cera por los "bebitos que van a ser abortados hoy".
        Yo amo a mi mami consta de 18 retratos de las personas con las que Jimmy, de diez años, aprende la organización del mundo, la vida y posibilidad de la muerte. Estos capítulos pueden distribuirse en tres grupos: familia, servidumbre y amigos del colegio; todos juntos logran destruir la apariencia fragmentaria por medio de una actitud unificadora, hecha de ternura, humor y crueldad, y acaban revelando una imagen nítida del substrato ético de un país. Pero el título de la novela parece centrar su contenido en algo más íntimo, en un homenaje a la madre. La sorpresa viene cuando vemos que "mami" es un concepto que incluye a la cocinera Manu, a la niñera Eva, y por último, a su madre real. Se trata de una "mami" múltiple, que ofrece el rostro indio y amoroso de las criadas y la palidez de una madre versión hada católica preconciliar. Frente a esas mujeres, el padre presenta una imagen autoritaria e intolerante mientras que los choferes y jardineros tienen todas las virtudes, salvo la riqueza, que Jimmy desearía ver en su padre. Con todo ello, el niño va conformando un carácter sensible a la injusticia social y a la prepotencia de los poderosos y, muy gradualmente, va desarrollando cierta atracción por la marginalidad y por el lado seductor de las víctimas. Los capítulos dedicados a su primo Juan Ignacio-una referencia a la vida decadente y oscura que llenará sus novelas posteriores-o al niño más rico de su colegio, que mata perros a balazos, son muy representativos en cuanto a la ambivalencia del universo en el que el muchacho intenta hallar su modelo.
        La novela también está subestructurada como un cuento infantil en el que principitos y princesas viven en casas con "miles de metros de lindos jardines" rodeados de ogros, brujas buenas y duendecillos traviesos, lo que llena de humor muy ácido el relato, pues no hay nada más perverso que un burlón que se agazapa en la inocencia de su niñez para atacar los cimientos morales de una sociedad. Aquí hay mucho Bayly, muy bueno y más duro que nunca.
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 10. 24/04/1999
       
       *Puedes consultar la reseña de "La noche es virgen", pinchando aquí.

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"