12/06/1999

Iain Banks. Una canción de piedra

Iain Banks. Una canción de piedra. Traducción de Cristóbal Pera. Mondadori. Barcelona, 1999. 263 páginas. 2.300 pesetas.
       
       El más vulnerable de los territorios
       
       El escocés Iain Banks (1953) se inició como narrador con La fábrica de avispas, que acaba de reeditar Mondadori, y no ha parado de publicar en una prolífica carrera en la que también se inscriben unos cuantos títulos de ciencia-ficción pura, firmados como Iain M. Banks. Su trayectoria está marcada por cierto amor al riesgo que le lleva a crear historias muy distintas entre sí. En Cómplices, un periodista es acusado de unos asesinatos en serie y se verá arrastrado por el dilema de cargar con la culpa o de implicar a su mejor amigo; en Sueños del Canal, un solista de cello cae en manos de unos terroristas mientras que en El puente, un hombre que va a morir después de un accidente de coche recrea su niñez mezclándola con fantasías de pesadilla. Banks es ahora un escritor de culto debido a una imaginación imprevisible que pone al servicio de una atmósfera oscura y oprimente, tanto en el entorno exterior como en el interior de sus personajes. Sea cual sea el género que toque, lo hace suyo porque es un autor de estilo que si bien da gran importancia al argumento, se recrea especialmente en el poder de sugerencia del lenguaje.
        Una canción de piedra está situada temporalmente en un futuro indeterminado durante una guerra inconcreta, pero podría ser una fantasía bélica en la Edad Media. La pérdida de la razón colectiva, el tenebrismo de los escenarios-deliberadamente góticos-y el derrumbe de los valores de una sociedad culta sirven de fondo para realzar la figura del narrador, un aristócrata de estirpe muy británica que se ve arrastrado por los acontecimientos sin renunciar jamás a su capacidad de reflexión, que transmite con el léxico rico y preciso de quien ha leído mucho a Shakespeare.
        Abel huye del castillo medieval de su propiedad, acompañado de su amante. En la huida, son apresados por una teniente-una concesión al feminismo militar-y obligados a volver al castillo. Así, Abel será prisionero en vez de señor en la fortaleza familiar. Pero no sólo prisionero de unos soldados embrutecidos sino también de su propio pasado, que la nueva situación le obliga a reinterpretar.
        La novela crea una primera expectativa, inevitable por tradición: ¿cuáles van a ser las relaciones entre este hombre y las dos mujeres? Lo que uno espera que sea un combate psicológico a tres bandas resulta ser solamente a dos, porque la amante cumple un papel básicamente referencial: esa joven refinada se queda fuera de foco, bien haciendo de contraste con la aguerrida teniente, bien como centro de las ensoñaciones amorosas del héroe. Y la trama se desarrolla por una vía muy distinta a la sugerida en principio: el castillo se convierte en una metáfora del alma del narrador, que ve cómo su memoria, su conciencia, sus sentimientos y su vida toda, incluida su propia niñez, son saqueados y destruidos por una mujer que es encarnación de la barbarie. El juego de fuerzas entre la teniente y el señor del castillo llega al lugar más oscuro de las tinieblas, allí donde habitan el Dr. Jekyll y Mr Hyde y donde no hay muros ni fosos que puedan proteger a un ser humano cuando el mal acecha.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p. 11. 12/06/1999

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