10/07/1999

Mariano Antolín Rato. La única calma

Mariano Antolín Rato. La única calma. Alfaguara. Madrid, 1999. 398 páginas.
       
       El arte del mantenimiento del alma
       
        Traductor de reconocido prestigio, el gijonés Mariano Antolín Rato (1943) es ya autor de ocho novelas, en gran medida deudoras de la contracultura de finales de los 60. Como muchos creadores de su generación, su obra está marcada por la desilusión ante el reciclaje, cuando no la simple trituración, de aquellos ideales utópicos en las décadas posteriores. De la contracultura de antaño, Antolín Rato sigue fiel a la filosofía Zen, de la que en esta novela se hacen múltiples referencias, y a la tipología y atmósfera de la literatura beatnik (Ginsberg y Kerouac). Es, pues, este autor una ave muy americana en el panorama de la novela española. Y no es un escritor fácil: asume riesgos formales en un empeño claro de huir de la banalidad y los personajes son ante todo portadores de ideas, con lo que la trama se convierte en una incitación constante a la reflexión.
        En La única calma, Alonso Vigil, un antiguo músico de rock que vive en Madrid "aislado de todo el mundo como en el Himalaya", recibe la noticia del hallazgo del cadáver de Lázaro Blay, un "eremita de éxito total pues vivía en el silencio". Al hacerse cargo de las pertenencias del amigo muerto, Alonso descubre cuadernos y diarios en los que se habla de una mujer, Paloma, de la que se enamorará. En medio de ese idilio imposible surge la figura de un motero expresidiario, Chicago, que mantuvo una tórrida relación con aquella mujer Así pues, Alonso Vigil se hace narrador y portavoz de los otros personajes metiéndose tan a fondo en una historia que ésta le implica y le sobrepasa.
        Todos estos personajes viven la transgresión como una experiencia mística, empeñados en una búsqueda de la autenticidad a costa de cualquier sacrificio, partiendo de una renuncia a todas las rutas convencionales con que está marcada la vida del hombre contemporáneo. Y la autenticidad no es un camino fácil cuando uno es un producto de una civilización que tutela al individuo hasta en sus mínimos detalles. Por eso, las relaciones personales que se presentan parecen rotas y sumamente dolorosas pero son trayectos por caminos poco transitados hacia una recuperación de la pureza del alma. Si Lázaro Blay es ascetismo y reflexión, Paloma es acción y Chicago, animalidad, y Alonso, el viajero que asciende a la calma y a la sabiduría. Por ello, la novela es un relato de aprendizaje al revés, en el que el héroe se reconstruye, se va despojando de sentimientos, de ideas preconcebidas, de todo lo inútil de su experiencia.
       Dos factores muy interrelacionados funcionan en contra de la novela: uno es la falta de humor y el otro, una tendencia poco contenida a trascendentalizar, que se refleja en frases como "iluminado por la metafísica de una vela" o "la infinitud de la noche cósmica intemporal". En alguna medida, ambas características ahogan en solemnidad las capacidades de narrador de Antolín Rato, que son indudables. La novela en la que priman las ideas es un género complicado en el que suele haber siempre una víctima, que puede ser la trama, la caracterización o el estilo. Aquí ha sido, sobre todo, éste último: depurarlo es el reto que tiene que afrontar sin dilación este original novelista.
       
       Juan Marín. Publicado en El País / Babelia p.10. 10/07/1999

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"