28/06/2009

Un día nada más

En un pequeño bar de una calle del centro histórico, la camarera hojea la revista Cuore sentada al final de la barra. El local está vacío y solo se oye la tabarra de la máquina tragaperras, situada al lado de la puerta. Si se mira hacia fuera, puede verse, al otro lado de la calle y perfectamente aparcado, un Ford Fiesta azul metalizado, cubierto del polvo de varias semanas y con la rueda izquierda delantera pinchada. En la pantalla de un televisor, se ve una prueba de Formula Uno. Quizá en ese momento esté pasando Fernando Alonso a 300 Km. por hora.
        No muy lejos de allí, pero en una calle principal, un caballero de Bilbao, que disimula una alopecia que le atormenta afeitándose la cabeza, decide entrar en una cafetería. Este caballero es un comercial de una importante empresa de ferretería y no ha logrado vender ni una sola manecilla, ni un solo pomo, ni una sola bisagra en todo el día. Se sienta en una mesa y pide un agua con gas. Y, fíjate lo que son las cosas, sentada enfrente, hay una mujer con las piernas cruzadas. Por cierto, son unas piernas estupendas. A la mujer no se le ve la cara, oculta tras el periódico que está leyendo. No importa demasiado ya que el caballero de Bilbao vislumbra con fino instinto que, al final de un día aciago, siempre puede haber un atisbo de luz. Que Dios aprieta pero, bueno, ya saben.
        Frente al río, tres adolescentes están sentados en un banco con bolsas de plástico llenas de botellas, bricks de vino y paquetes de patatas. Uno de ellos saca tema: "Mi madre ha oído que van a poner multas de mil euros si te pillan haciendo botellón". Tras unos segundos, interviene otro: "Jo, co, pues en mi casa no se de dónde los van a sacar. Co, mil euros. Mi padre ya no va a cobrar el paro el mes que viene, creo, co". Sigue un silencio puede que tan ancho como el río. A veces, las dimensiones físicas de lo que no se dice son inabarcables.
        En el pequeño bar de esa calle del centro histórico, entra por fin un cliente pero no quiere tomar nada, sólo quiere cambio para jugar en la máquina tragaperras. En el televisor, Fernando Alonso dice que no está nada contento con la carrera que ha hecho. La camarera le cambia el billete al hombre. Y vuelve a su rincón y a su revista.
       
        *Este artículo se ha publicado en la sección MARCA AL AGUA de las páginas de opinión de Heraldo de Aragón. Si quieres añadir un comentario en este blog, tienes que enviarlo por email a jmheraldo@hotmail.com
       
       ** El "señor de Bilbao, que disimula su alopecia, etc." ha aparecido ya en otros artículos míos, como El ascensor y Tarde de compras.

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Este artículo pertenece a la sección "Querido Caos"