01/05/2000

Antonio Rabinad. El hombre indigno

Antonio Rabinad. El hombre indigno. Alba editorial. Barcelona.406 páginas. 2.500 pesetas.
       
       La memoria del asombro
       
       Aunque fue Premio Internacional de Primera Novela en 1951 con Los contactos furtivos-por problemas de censura, no publicada hasta el 56—, Antonio Rabinad realmente se dio a conocer como autor cuando Carlos Barral decidió incluirlo en su Biblioteca Breve. En Seix Barral apareció A veces, a esta hora en 1965 y dos años más tarde, El niño asombrado. Ésta última obra-un volumen de 165 páginas-se convierte ahora en una referencia obligatoria para entender en su dimensión autobiográfica y en su contenido histórico, político y literario el testimonio que se desarrolla en El hombre indigno. Pocas cosas es el hombre además de su niñez; ese mensaje se transmite con claridad en las portadas comparadas de sus dos libros: El niño asombrado muestra una foto de Oriol Maspons con una pistola sobrepuesta al dibujo del rostro de un niño curioso y plácido; en El hombre indigno aparece una foto de archivo en la que un chaval se ha subido a la parte de atrás de un tranvía atiborrado de gente. En las dos portadas, el concepto principal es el de un periodo de la vida, el de la primera adolescencia, convulsionado por hechos extraños: el paso de la guerra a la postguerra; el paso del territorio de la niñez roto por la violencia (el revolver) hasta aquel roto por la miseria de la supervivencia (el juego de colgarse del tranvía), el cambio de un mundo de límites muy imprecisos por el acotado por las calles de una ciudad, y , en fin, el uso de la palabra niño-la inocencia, el asombro— al de la palabra hombre-la experiencia, la indignidad—. Entonces, lo que ha hecho Rabinad ha sido extender esa biografía del muchacho atónito hasta su entrada inequívoca en la madurez, ficcionalizando la realidad: "Lo real, traducido en palabras, ya es otra realidad" (302). Estas memorias de escritor están divididas en tres partes o etapas: la primera infancia y la guerra civil; la adolescencia y la lucha por la vida; y la edad adulta y el oficio de escritor.
       Descendiente de una familia del bajo Aragón, nace Antonio Rabinad en 1927, el mismo año que Rafael Sanchez Ferlosio y un año después que Ana Mª Matute y Jesús Fernández Santos, lo que, en consecuencia, le sitúa dentro de la generación de aquellos que fueron niños durante la guerra civil y que empezaron a escribir-con el camino del éxito preparado un lustro antes por Nada de Carmen Laforet-en los años 50. Se les puso la etiqueta de "realistas sociales" pero los grados de realismo son muy diversos y Rabinad, como su amiga Matute, practica un intimismo poético, que sin evitar los reflejos de los duros tiempos que les tocaron en suerte, les acerca mucho a la novela psicológica. En realidad la etiqueta de novela social se admitió para oponerse a la novela más artística que se producía en Francia (Robbe-Grillet, Duras, y otros); lo que sí era común a todos aquellos autores españoles era su rebeldía. Todos fueron jóvenes rebeldes ante los valores de la triste y provinciana burguesía del franquismo.
       Rabinad (Rabi, en el libro) vivió la guerra como un niño que lee y juega. Lo leía todo. Dice que cuando su familia se iba al refugio, él se quedaba feliz sólo en casa. Pero antes, algo se había roto para siempre: en agosto del 36, su padre muere asesinado. La figura del padre-y la ausencia de ella—es fundamental en la vida del joven. De hecho, el punto que señala su ganada condición de adulto, cuando ya tiene 29 años, es la muerte simbólica de esa figura: " El Sr. Palau [el jefe de la oficina] formaba parte de una larga lista de hombres usurpadores de la figura paterna contra los cuales yo hubiera disparado sin vacilar. Ya no buscaría ya más en ellos a mi padre. (...) Definitivamente mi padre había muerto".
       La huella de la guerra se ve en muchos pasajes del libro; no es mínima la que deja en el héroe con respecto a su cuerpo. "El cuerpo, ese extraño animal que lleva nuestro nombre", llega a decir (300), sacando al consciente esa relación de distancia con su naturaleza física, que probablemente tiene su origen en la visión de los cadáveres durante la guerra. Por eso, Rabinad no escatima una sinceridad excesiva o falta de pudor cuando habla de sus enfermedades o sus necesidades más biológicas. En cuanto al sexo, en cambio, es muy pudoroso, muy acorde con la época en la que le tocó crecer, aprender e iniciarse, quizá porque la madre fue una figura dominante y muy respetada, lo mismo que ocurre con sus hermanas. Ideológicamente, a pesar de que su padre fue asesinado por los anarquistas, el autor y narrador se mantiene por exclusión en tierra de nadie: "El poder es el Mal, lo tenga quien lo tenga" (88), escribe para añadir más tarde: "Hemos sobrevivido al Caos. / ¿Podremos sobrevivir al Orden?" (89) Dos hechos, que están entre los episodios mejor escritos, son la raíz de este escepticismo militante: un pobre hombre se salta la larga fila de gente que está esperando el tranvía y un guardia le da dos bofetadas; y un funcionario llama a Rabinad para pedirle dinero por enterrar a su padre en el Valle de los Caídos. El joven se rebela, dándose cuenta de que si unos mataron a su padre, los otros intentan venderle el cadáver.
       A medida que el niño se va haciendo mayor y se aleja del microcosmos de su piso y su barrio, estas memorias se transforman en un documento de lo barcelonés. Las salidas con los amigos y las chicas; la independencia de un lector empedernido-al fin y al cabo, un ser maravillosamente solitario-en busca de gangas por las librerías de lance-y la carrera de un escritor novato nos van descubriendo una Barcelona, que triste y pueblerina como el resto del país, intenta traer oxígeno europeo. Las tertulias del Boliche o del Salón Rosa con su mundillo literario que unía las dos procedencias clásicas de la literatura barcelonesa en castellano: la de origen charnego (el mismo Rabinad, Tomás salvador) y la de "buena familia" catalana (Matute, Arbó, Castellet)-. Pero no sólo atractiva gente de letras aparece en este documental subjetivo, también lo hacen los tipos más sencillos y propios de la patria del momento: el amigo tuberculoso, los seres rotos que van hablando solos por la calle, los consumidores del estraperlo.
       La capacidad descriptiva de Rabinad es evidente y de ello hay constantes ejemplos en cuanto a personas, tiempo o paisajes: las piernas de Ana Mª Matute o una larga tarde de domingo, el vecino solidario o un viaje a Madrid. Su estilo no ha cambiado mucho desde El niño asombrado, aunque ahora esté más teñido de derrota, y básicamente consiste en párrafos muy potentes unidos por elipsis temporales, ambientales o emocionales que ha de completar el lector. De sintaxis clara y utilizada con libertad-de un párrafo complejo se pasa a una frase muy corta—, lo que caracteriza a Rabinad es un sentido del humor socarrón, muy aragonés, que desdramatiza cualquier situación; basta con los encabezamientos de cada apartado para darse cuenta de por dónde van las intenciones: epígrafes de noticiario, seguidos de títulos paródicos y de breves mensajes sociológicos. No obstante, a pesar de ese humor, cuando acabamos de leer la trayectoria vital de este hombre, parece como si la memoria del asombro se hubiera transformado en una memoria de la tristeza. Poco a poco, la perplejidad va dejando paso a la insatisfacción, al desolado sentimiento de que la vida podría haber sido de otra manera de haber tenido mejor suerte.
       
       Juan Marín. Publicado en Revista de Libros nº 41, pag 51. Madrid, mayo 2000

Este artículo pertenece a la sección "Escritores en lengua española"