06/07/2009

Aire de SEFARAD

En la planta baja de esta casa de mediados del S. XVI, que perteneció a una familia de ricos juristas, los Morlanes, y que se ha convertido en un centro municipal, unos veinte hombres y mujeres jóvenes no apartan la mirada de la pantalla de sus ordenadores portátiles, conectados a etéreas redes sociales de Internet. Es extraño el aroma de este aire que se respira, que contiene notas de arcilla y piedra del renacimiento junto con el tufillo inequívoco de discos duros y pantallas digitales ya recalentados. Pero si sales fuera y te sientas en un banco, dando la espalda a esta casona de viejos cristianos ilustrados, es posible que sientas el bullicio y los olores del que fue mercado de grano y comestibles de la Judería de Zaragoza. Sentado, pues, en esta plaza llamada ahora de San Carlos, imaginas lo que fue la sinagoga de la ciudad, que estaba justo enfrente. Allí se reunían los judíos con el arca santa al fondo, que contenía los rollos de pergamino con la Torá (o los cinco primeros libros de la Biblia, o sea, el Pentateuco para los cristianos). Cerca del arca siempre había una luz encendida. Pienso en esto hoy que, sin pretenderlo, me siento ebrio de historia. Es posible que esté ebrio porque oigo una voz de mujer que me susurra por detrás: "Esa luz de la que hablas se llama ner tamid y representa la luz perpetua que brillaba en el Templo de Jerusalem." Me vuelvo, pero no hay nadie a mi alrededor.
        Quiero localizar a la mujer que me ha hablado en hebreo (y en un español con un acento que me recuerda al de los franceses) y camino en su busca por esta plaza que condensa tantos siglos, llena de gente charlando y bebiendo cerveza y refrescos de color de fruta. Me quedo quieto y vuelvo a oír la misma voz muy cerca de mi: "Sefarad, Sefarad". Ese es el nombre con que los judíos designaban a la península ibérica. Me duele que Zaragoza se vuelque tanto en su pasado romano y musulmán y se olvide de su convivencia con los judíos. "A mi también me duele", me dice un mujer rubia que aparece, de repente, a mi lado. Sonriendo, me pregunta mi nombre y, sin más, lo escribe en hebreo, con trazos gruesos, rectos, y de derecha a izquierda, en una servilleta de bar. "Guárdala, tan sólo es un recuerdo de este barrio sefardí", me dice mientras se aleja. Reconozco esa voz como la de una muy antigua vecina.
       
       *Este artículo se ha publicado en la sección MARCA AL AGUA de las páginas de opinión de Heraldo de Aragón. Si quieres añadir un comentario en este blog, tienes que enviarlo por email a jmheraldo@hotmail.com

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Este artículo pertenece a la sección "Demasiado asfalto"