15/11/2009

Laurel y Hardy y otras extrañas parejas

imagenDespués de un siglo de historia cinematográfica, ya no se sabe qué está antes, si el cine o la vida. Hace poco pensaba en esto cuando volví a ver una película de Stan Laurel y Oliver Hardy, "el gordo y el flaco", un dúo que inventó el subgénero de las "buddy movies" o pelis de amigotes. Hay buenos ejemplos de esta tradición, como "En bandeja de plata", con Jack Lemonn y Walter Matthau, "Dos hombres y un destino", con Newman y Redford, o "Los gemelos golpean dos veces", con Schwarzenegger y Danny de Vito. La lista es larga y variada pero siempre con un rasgo común: los protagonistas son dispares en características físicas o en manera de ser. Si uno es gordo, el otro es flacucho; si uno es blanco, el otro es negro; si uno es un caradura, el otro ha de ser un tímido. En los feministas años 80, las pelis de "buddies" se empezaron a ver con recelo porque eran historias sobre la amistad entre hombres, un espacio masculino en el que se dejaba de lado a la mujer. Quizá, debido a eso, Ridley Scott dio un giro espectacular al género con "Thelma y Louise", una "extraña pareja" femenina, en cuyas aventuras los hombres tenían un papel muy secundario.
        No sé si este cine de "raros colegas" es la referencia de gran parte de la vida política española pero lo parece. Durante meses, la prensa se ha ocupado de la amistad de un joven de buena familia, Ricardo Costa (brazo derecho del Presidente de la Generalitat Valenciana) y un oscuro empresario, Álvaro Pérez, "El Bigotes". Si no fuera porque detrás está la triste y carísima historia de la corrupción política, tendríamos una buena comedia de pareja dispar; que es dispar se sabe desde el momento en que a uno se le llama por su apellido, Costa, y al otro por el mote. Pero el mejor ejemplo de cómo un subgénero cinematográfico ha calado en la realidad es el de Esperanza Aguirre y Ruiz Gallardón, siempre enfrentados y, a la vez, dependientes el uno del otro. Si un día Aguirre se retirara al campo a hacer ganchillo o a escuchar zarzuelas, un poner, veríamos a Gallardón apagarse, morirse de pena; estoy seguro. Ambos tienen una meta común, la mayor gloria de Madrid (o la suya propia), y un vicio compartido, su recíproca rivalidad. Ahora solo falta convertir su relación en película y, así, devolver al cine lo que es de Laurel y Hardy.
       
       *Este artículo se ha publicado en la sección MARCA AL AGUA de las páginas de opinión de Heraldo de Aragón. Si quieres añadir un comentario en este blog, tienes que enviarlo por email a jmheraldo@hotmail.com

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Este artículo pertenece a la sección "Demasiado asfalto"