21/12/2009

Una torre es una torre

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       El máximo atractivo de una torre consiste en subirla. Uno ve una torre, le entra gusanillo, y si le dejan, sube hasta lo más alto; contempla lo que casi siempre es una espléndida vista y se hace unas fotos. Antaño, las torres podían tener funciones defensivas o religiosas o simplemente publicitarias (porque donde hay una torre, hay poder) pero cuando el ingeniero Gustave Eiffel decidió levantar una de 300 metros, toda ella hecha de hierro, en el Campo de Marte de Paris y justo al lado del Sena, todo cambió. Metáfora de la Revolución Industrial, la torre Eiffel se convirtió en un extraordinario reclamo turístico de la ciudad y, al cabo de algunos años, en emblema de Francia, es decir, en eso que algunos llamarían hoy la "marca de un país". Para subir a la torre Eiffel, hay que comprar una entrada (de 5 a 13 euros) pero eso no debe importar porque millones de personas pasan por taquilla cada año. Y eso que en el hueco de la torre Eiffel no hay nada más que un ascensor.
        No pasaba eso en la Torre del Agua de Zaragoza. Inaugurada en 2008, inmediatamente se convirtió en un popular paseo en vertical para miles de visitantes por una razón que la hacía única: su interior era tan atractivo o más que el panorama que se divisaba fuera. Si se miraba hacia dentro, se veía una enorme gota de agua dividiéndose en cientos de gotas más pequeñas. Esa escultura, llamada Splash, tardó poco en convertirse en una atracción artística de primer orden y en objetivo mimado de fotógrafos de todo el mundo. Nadie ha entendido, pues, el extraño pacto entre el Ayuntamiento y una entidad bancaria (la CAI), por el cual se ha desmontado la escultura. Dicen que la torre se transformará en un museo pero ¿hace falta un museo cuando puede contemplarse la naturaleza en 360º, cambiando de color con la luz del día y el transcurso de las estaciones? ¿Qué cuadros podrán hacer olvidar el paisaje que hay tras esos cristales? ¿Qué esculturas podrán reemplazar el Splash y medirse con el recuerdo que tenemos de él? Uno se pregunta para qué sirven los asesores culturales de las instituciones. Parece que no tienen muy claro lo que es una torre, como si ninguno de ellos hubiera subido nunca la de Gustave Eiffel.
       
       *Fotografía tomada por el autor del artículo
       **Este artículo se ha publicado en la sección MARCA AL AGUA de las páginas de opinión de Heraldo de Aragón. Si quieres añadir un comentario en este blog, tienes que enviarlo por email a jmheraldo@hotmail.com

Este artículo pertenece a la sección "Las noticias me matan"