14/03/2010

Los tesoros del desván de Rafael Castillejo

Hola. Una de las cosas que peor he hecho en mi vida, una de las que más me arrepiento, es haber tirado a la basura una colección de tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín; en ellos, el detective y su ayudante luchaban contra un hombre muy malo que había inventado ¡el rayo de la muerte! De leerlos tantas veces en mi niñez, esos tebeos llegaron a tener un aspecto lamentable, con hojas manchadas y rotas, con bordes amarillentos que tendían a enroscarse. Pero su deterioro, por el uso, no justificaba que me deshiciera de ellos; pero lo hice, sí, lo hice. La razón es que me acababa de salir el bigotillo y consideré que ya no era propio conservar pruebas materiales de una etapa infantil que quería dejar atrás. Cuando a un chaval le empieza a salir el bigotillo y la voz le cambia, es normal que cometa errores porque se descentra mucho. Pero, ahora que lo pienso, ¿cómo podemos ser tan malos con las cosas que nos han hecho felices, que nos han ayudado a ser y crecer? ¿Es que acaso los objetos, en este caso los tebeos, no tienen sentimientos? No hace falta que me contesten, por favor, pero ¿estamos tan seguros de que las cosas no captan nuestra ingratitud? Quizá la mala conciencia por esos ataques que nos dan a los humanos cíclicamente, cuando nos ponemos a tirar lo que nos estorba, sea una de las razones por las que una web zaragozana, "El desván de Rafael Castillejo", tenga un promedio de, atención, que no exagero, ¡23.000 visitas diarias! Multiplicando por 365: unos ocho millones de personas acabarán entrando este año en ese desván, que es un museo de las cosas añoradas.
        Ese espacio virtual es un trastero laberíntico pero muy ordenado. Hay rincones apenas iluminados por bombillas de poco voltaje y otros donde los focos de candilejas están siempre encendidos; y al fondo, en una gran pantalla, se pasa una película que es una sesión continua de la historia del cine. Hay estanterías llenas de antiguos textos escolares y baúles repletos de viejos tebeos. Mi rincón favorito es el del circo, ninguno tiene más color, pero hay gente que prefiere los programas de radio o la publicidad inocentona de los cincuenta. Rafael Castillejo pertenece a esa clase de internautas, hoy en extinción, que ven en la red el mejor cobijo para los generosos. No quiere que en su página haya publicidad; sólo quiere compartir aficiones y buenos recuerdos; lo mejor del pasado y de su propia memoria. Nos vemos.
       
       Quizá lo mejor ahora sea visitar esta web de la que hablo. Para ello, pinchad aquí.
       
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Este artículo pertenece a la sección "Culturland"