21/03/2004

Yo me bajo en Atocha

Madrid es la ciudad más hermosa del mundo. París es muy romántica y monumental, Roma tiene muchísima más historia y Viena está limpia como los chorros del oro. Pero Madrid tiene un corazón de enorme belleza moral. Allí nunca te preguntan de dónde eres porque para ser madrileño sólo se exige alegría y ganas de juerga para sobrellevar el caos. No he visto nunca a gente con más facilidad para mezclar la queja con el chiste. Bajas del tren en Madrid y ya eres de allí; haces lo mismo en otra ciudad y no pasas de ser un huésped bien recibido. Amamos Madrid, y más ahora que sufre. Es amor y es admiración porque ha demostrado su grandeza: se ha enfrentado a la tragedia con la eficiencia del norte, la pasión del sur y la serenidad castellana. Qué lección de generosidad, de eficacia, de inteligencia emocional.
       Oigo "Pongamos que hablo de Madrid", la canción de Sabina. Sabina cantaba: "Cuando la muerte venga a visitarme, que me lleven al Sur donde nací"; tiempo después rescribió esos últimos versos, rectificando: "Cuando la muerte venga a visitarme, no me despiertes, déjame dormir, aquí he vivido, aquí quiero quedarme". Dieciocho años más tarde, Sabina volvió a escribir: "...A mitad de camino entre el infierno y el cielo... yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid". No lejos de la Puerta del Sol, Atocha, que ahora sangra, es la puerta del mundo: sales de la estación y a la derecha, los Austrias charlan, beben y sestean a la luz de Velázquez mientras que a la izquierda, hierve Lavapiés. Lavapiés es de todos pero, hoy, el suelo se lo reparten chinos, magrebíes y "gatos". Los "gatos" son los madrileños de toda la vida que miman su acento achulado como si fuera una lengua en extinción. Los chinos y los del magreb se llevan fatal entre si, pero los "gatos" se llevan bien con todos. Y es que el alma de Madrid es una corrala, un patio con vecinos que eran extraños en su tierra y que vinieron a esta ciudad para sentirse como en familia. Ahora Madrid sufre; cuánto nos duele su herida.

Mi artículo preferido. Creo que el terrible atentado de Atocha del 11 de marzo de 2004 sacó a la luz la verdadera naturaleza de Madrid, una ciudad caótica y organizada, juerguista y generosa, desastrada y bella. Me inspiré en la canción de Sabina "Pongamos que hablo de Madrid" para rendirle mi homenaje.

Este artículo pertenece a la sección "Las noticias me matan"