26/07/2010

La ciudad arrebatada

Hola. Un muchacho mete un gol en una final del Campeonato del mundo de fútbol y se oye un estruendo de voces: "¡Viva Albacete!"; y es que el jugador en cuestión es de Fuentealbilla, una pequeña población de esa provincia. Si en ese mismo partido, el portero detiene una pelota del contrario, el grito unánime es "¡Viva Móstoles!" porque ese portero ha dicho muchas veces que es de allí. Y Penélope Cruz, una actriz española de bellos ojos oscuros, dejó muy claro de dónde era cuando agradeció el Oscar que le había concedido la Academia del Cine en Estados Unidos. "Me crié en Alcobendas", fueron sus palabras exactas, enviando el mensaje subliminal (lo que en inglés se llama 'understatement') de que a pesar del premio recibido y del carísimo vestido que llevaba puesto, ella seguía igual de sencilla y fiel a sus orígenes. Fijémonos en los ejemplos anteriores y comprobaremos que en todos se conjuga el verbo 'ser de'. Atención a este punto: uno es de un sitio, pero el sitio nunca es de uno. La gente manifiesta su orgullo por ser de Teruel, de Soria o de Sevilla y no falta a la verdad, pues se basa en una configuración sentimental de planos y paisajes muy próximos, entrelazados siempre con la experiencia de la propia vida. Pero las ciudades tienen extraños dueños, que poco tienen que ver con sus habitantes. Basta con pensar en el IBI (la contribución) y en el impuesto sobre el Incremento del valor de los Terrenos (la plusvalía), que gravan la propiedad de los inmuebles. Recibos que recuerdan que el suelo no pertenece enteramente al propietario, por mucha escritura notarial que tenga a su nombre.
        A veces, no hacen falta los impuestos pues basta con un paseo para darse cuenta de que las ciudades no son nuestras. Como ejemplo, hablemos de la plaza de Santa Marta en Zaragoza, un hermoso rectángulo de la vieja urbe romana casi pegado a la Seo. Remodelada no hace mucho, la plaza dispone de siete bancos de madera para el descanso y la tertulia. Pero esa invitación al sosiego y a la convivencia se interrumpe con el buen tiempo, cuando una media docena de bares instala sus terrazas y ocupa todo el espacio disponible; entonces, los bancos públicos se quedan inaccesibles, sitiados por sillas y veladores, y se convierten en un mobiliario irónico, casi en un chiste, para recordarnos que la ciudad, quizá, sólo es de quien la alquila. Nos vemos.
       
       Este artículo se ha publicado en la sección MARCA AL AGUA de las páginas de opinión de Heraldo de Aragón. Si quieres añadir un comentario en este blog, tienes que enviarlo por email a jmheraldo@hotmail.com

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Este artículo pertenece a la sección "Demasiado asfalto"