05/09/2010

Libreros de raza

Christopher Morley fue un periodista y escritor estadounidense de la primera mitad del siglo XX, que publicó dos novelas cuyo héroe era un librero ambulante; suyas son estas palabras: "Cuando vendes un libro a alguien, no le vendes medio kilo de papel, tinta y cola, sino que le ofreces una nueva vida". Recuerdo a Morley con motivo de la muerte de José Alcrudo (1918-2010), un librero de raza, que tanto marcó la escena cultural de Zaragoza en tres décadas difíciles de España; es decir, de 1950 a 1980. Él fue el proveedor de gran parte de la biblioteca de mis padres, a través de un sistema de suscripción (una especie de adelantado "círculo de lectores") por el que cada mes se pagaba una cantidad fija, se compraran o no los libros que él mandaba "a examen" a domicilio. Alcrudo conocía muy bien los gustos de sus lectores y raras veces se equivocaba. En casa, se le tenía un gran respeto y se hablaba de él como un hombre de amplia cultura y de vida azarosa. A veces, mis padres bajaban la voz y decían cosas que yo no entendía, sobre él, su familia y la guerra civil. No tardé mucho en darme cuenta de que quién nos surtía de palabras impresas era considerado, más o menos, como un "rojo". Esto, naturalmente, no hizo otra cosa que aumentar su leyenda a mis oídos.
        Alcrudo, desde sus distintas tiendas "Pórtico", iba introduciendo su particular caballo de Troya en nuestras estanterías. Cuando me cansé de los títulos propios de la adolescencia, empecé a coger clandestinamente los libros que mis padres acababan de leer. De ellos, el primero fue una novela magnífica del vasco Juan Antonio de Zunzunegui, 'La vida como es', de la que había oído comentar que era "muy fuerte y muy dura". Poco tardó mi madre en descubrir cuáles eran mis nuevas lecturas y, en vano, trató de convencerme de que no eran apropiadas para mí; pero el mal, o el bien, ya estaba hecho.
        Como un ingrato, cuando entré en la universidad, abandoné a Alcrudo (porque llega un momento en que no puedes tener el mismo librero que tus padres) y me pasé a "Libros", de Víctor Bailo, y después a "Hesperia", de Luis Marquina. Esas tiendas fueron una universidad paralela, libre, dinámica y abierta al mundo, que formó a varias generaciones de aragoneses. Es difícil calcular lo mucho que debemos a esos tres libreros de raza, que con tanto acierto nos ofrecieron tantas vidas nuevas.
       
       Luis Marquina sigue al frente de la Librería Hesperia, que ahora se dedica exclusivamente al libro antiguo. Pórtico sigue viva en un nuevo local de la calle Muñoz Seca, pero se dedica a la venta de libros de carácter académico, principalmente por Internet; y Libros es la única que permanece abierta en la que ha sido su sede de siempre, en la calle Fuenclara, pero no como librería sino como tienda de arte y taller de enmarcación.
       
       Este artículo se ha publicado en la sección MARCA AL AGUA de las páginas de opinión de Heraldo de Aragón. Si quieres añadir un comentario en este blog, tienes que enviarlo por email a jmheraldo@hotmail.com

Este artículo pertenece a la sección "Culturland"