24/01/2011

Memoria ahumada

Hola. Estaba aquí, tan tranquilo, pensando en las musarañas (por cierto, ¿se han extinguido las musarañas, que ya nadie habla de ellas?), cuando me han asaltado recuerdos muy agradables de mis tiempos de fumador. El primer cigarrillo fue realmente estupendo. Yo y un colega saltamos la tapia del instituto Goya durante el recreo. Mi colega, que ahora es un reconocido arqueólogo, llevaba un paquete de cigarrillos mentolados, creo que de la marca Pall Mall o, quizá, de una que se llamaba Kool, y me insistió para que cogiera uno. Nos fuimos los dos por la cercana Gran Vía, fumando con ostentosas caladas y sin parar de hablar de temas muy trascendentes. Lo peor era la vuelta al instituto (yo, algo mareado) pues había que saltar la tapia de nuevo. Pero, una vez en clase, todavía excitado por la aventura, vi a mis compañeros desde una óptica distinta y superior, como si ellos fueran unos tipos con bigotillo que no supieran nada de la vida; eso fue lo mejor de todo. Hubo más recreos como aquel, siempre fumando tabaco americano mentolado, hasta que, por ajustes presupuestarios, hubo que pasarse al rubio nacional, o sea, al Bisonte.
        Ya en la universidad, llegaron las tardes y las noches de risas, vino peleón, muchos cigarrillos e incontrolada charla. Vivíamos instalados en el esplendor joven de nuestras virtudes y de nuestras flaquezas y el espectáculo humano que ofrecíamos era algo fascinante, porque conviene recordar que, en la letra pequeña del contrato que se nos da al nacer, se dice que somos mortales pero no se dice nada de que tengamos que ser perfectos. Ahora, después de tres décadas sin fumar, todavía conservo la capacidad de evocar los buenos momentos asociados al tabaco. Pero es una sensación engañosa: igual que los jugadores solo hablan de cuando ganan, los exfumadores solo hablamos de los cigarrillos fumados con placer y nos olvidamos de los que se fumaron a lo tonto y sin satisfacción alguna, porque no sabíamos qué hacer con las manos, porque teníamos el paquete delante, porque nos ofrecían uno y parecía mal no aceptar, porque... Venga, no hablemos de las miserias de la vida nicotinada, sobre todo ahora que fumar está tan mal visto y es castigado socialmente. De verdad, no soporto la visión de esa gente a la puerta de los bares, al amparo de las estufas que el buen hostelero ha puesto a su disposición. Las estufas gastan una botella de butano al día, cuestan casi 200 euros y el ayuntamiento va a regularlas, es decir, a cobrar por ellas: un negocio para todos menos para el dueño del bar y un ensañamiento moral con el fumador. Me temo que los buenos recuerdos del humo de tabaco van a ser, muy pronto, cosa de otros tiempos. Por eso, hoy, me ha apetecido contar los que a mi aún me quedan. Nos vemos.
       
       Si te ha interesado este artículo, puede que te interese este otro, HUMO CLANDESTINO, una predicción satírica, escrita en 2003, sobre lo que podría ocurrir en 2010. Sobre el mismo tema gira esta otra columna LO MALO ES FUMAR.
       
       Este artículo se ha publicado en la sección MARCA AL AGUA de las páginas de opinión de Heraldo de Aragón. Si quieres añadir un comentario en este blog, tienes que enviarlo por email a jmheraldo@hotmail.com

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Este artículo pertenece a la sección "SEMIBIOGRAFIA"