25/01/2011

Semibiografía (in progress)

Uno
       
       Juan Marín (zaragozano nacido en Lugo en 1947) se ha dedicado toda su vida a la enseñanza. Catedrático de Enseñanza Media (con el número 1 de su oposición) desde 1976, ha desempeñado su profesión en institutos y en la universidad. Es doctor en Filosofía y Letras, con una tesis sobre la tradición de la comedia de costumbres en el teatro inglés (desde la Restauración en el s. XVIII hasta Harold Pinter y Joe Orton, en los años 60 del s. XX) y es autor de varios libros de texto; entre ellos, de "People, Facts and Language" para la editorial Noguer, en coautoría con Enrique Pellejer Calamar. También es editor y coautor del prólogo de GENERACIÓN del 65. Antología de poetas hallados en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza.(Nº 9 de la colección Poemas. Zaragoza, 1967), junto con Fernando Villacampa Ucar. Esta colaboración se volvió a repetir en el prólogo a la reedición de La serpiente multicolor, de José Antonio Román, en la editorial Certeza (2008). Ha sido colaborador habitual de Heraldo de Aragón en dos etapas (1990-1991 y 2000-2011) y del diario El País (1991-2002).
       
       Dos
       
       En 1990, por sugerencia de un amigo sevillano con el que mantenía correspondencia habitual, envié tres columnas de opinión al director de Heraldo de Aragón, entonces Antonio Bruned Pompeón. A los dos días fui citado a una reunión en el periódico. Recuerdo bien el sobre en el que se me citaba, pues fue de los últimos que vi con el membrete del remitente en letra inglesa en relieve. Cuando llegué al periódico, don Antonio estaba esperándome de pie, con mis tres columnas en la mano. Fue correcto y levemente cordial, antes que simpático, y me dijo con franqueza, creo que muy aragonesa: 'He leído sus artículos y, sinceramente, a usted le falta mucho por aprender pero a mi madre le han gustado mucho y mi madre tiene muy buen ojo'. Nunca conocí a su madre pero quedó fijado que empezaría a escribir una columna semanal, por la que se me pagarían 2.400 pesetas.
        Creo que en aquellos momentos Antonio Bruned ya no ejercía totalmente como director sino que había traspasado muchas de sus funciones al subdirector, José Luis Trasobares. Yo dependía de él y de Alfonso Zapater, que estaba al cargo de la contraportada. Fue una etapa de la que no guardo muy buen recuerdo: mis columnas no aparecían un día fijo y siempre tenía que hacer dos versiones, una corta y una larga, pues hasta el día anterior no se sabía si iba a haber publicidad al pie de la página; además, siempre aparecían con múltiples erratas, que muchas veces hacían el texto incomprensible. Esto último me sacaba de quicio y, finalmente, me despedí de Heraldo; creo que con unas 80 columnas publicadas. Guardo la carta que escribí a Trasobares en ese momento; hoy no habría podido escribirla mejor.
        Acabé con la impresión de que contar con columnistas fijos remunerados no era, de ninguna manera, un interés del periódico pues, como se me decía y repetía con frecuencia, la cola de gente dispuesta a escribir para Heraldo a cambio de nada era interminable y la de gente dispuesta a pagar por que se les publicara, casi igual de larga.
       
       Tres
       
       Esos dos años en Heraldo de Aragón me sirvieron, desde luego, para adquirir técnica y conocer los entresijos de un medio de prensa que no eran, para mi decepción, nada glamurosos. También me sirvieron para algo más; les cuento: de vez en cuando, le enviaba algunas columnas (las que yo creía que me habían salido mejor), a mi amigo Enrique Murillo, que entonces trabajaba como director literario de Vogue España o (tengo este recuerdo un poco difuso) como redactor principal de la revista El europeo, que dirigía Borja Casani. Enrique, que es periodista de carrera y de profesión (aunque después dejara la prensa y se pasara a la industria editorial), leía mis escritos con benevolencia y amistad de hermano mayor (no es que sea mayor que yo, pero ustedes ya me entienden). Un día, aceptó ser director del suplemento El País/Libros (antecedente del actual Babelia, entonces controlado por Juan Arias). Y Enrique no se lo pensó dos veces y me llamó para que trabajara para él como crítico literario "siempre que hablara de los libros como escribía en las columnas; es decir, desde el punto de vista, y con el vocabulario, de un lector de la calle". Yo me tomé muy a pecho mi labor y empecé a escribir mis reseñas literarias con enorme dedicación y esmero. Al principio, Enrique me devolvió más de una con observaciones muy pertinentes que me enseñaron mucho; el caso es que yo cogí rápido las exigencias técnicas de un periódico nacional y me convertí en un crítico literario muy habitual de El País. Más tarde, Enrique dejó el puesto para dirigir Plaza & Janés, pero yo seguí con otros directores como Toni Munné, Rosa Mora y José Andrés Rojo. La larga etapa con Rojo fue magnífica; era un jefe extremadamente trabajador y disciplinado, muy ordenado, con el que todo era fácil si uno respondía. En esos momentos, me gané la consideración de crítico muy currante, formal (jamás fallé en una fecha de entrega), independiente (para eso era importante vivir en Zaragoza, lejos de Madrid y Barcelona) y minucioso (jamás hice una crítica sin haberme leído el libro de principio a fin y tomando notas; cosa que no todos mis colegas podrían decir, se lo aseguro). En principio, se me adjudicaron las novedades de la literatura anglosajona aunque pasé periodos en que no hacía otra cosa que leer a autores indios; otras, a chinos y, finalmente, a afroamericanos. Eso lo marcaban, inevitablemente, los vaivenes de la moda en la industria editorial.
        Pero, un día, José Andrés Rojo me llamó porque había decidido que también me ocupara de las novelas escritas en español. Y, entonces, empezaron los problemas, porque los autores españoles están cerca, no como los de Iowa o de Calcuta, y siempre se enfadan si no escribes la crítica que ellos habrían escrito de sus propias novelas. De ese periodo, tengo multitud de anécdotas que, ahora que ha pasado el tiempo, se han convertido en poco más que chistes de vanidosos. El caso es que llegué a escribir cuatro reseñas al mes para El País, con incursiones en otros suplementos como Tentaciones o directamente en las páginas de cultura. Ese periódico pagaba extremadamente bien; el trato era exquisito y la consideración y estimación que me llegaba del mundo cultural y editorial era, a veces, abrumadora para un crítico de provincias. Mi casa se llenó de libros (me llegaban, enviados por las editoriales, más de ciento cincuenta al año), muchos de los cuales regalaba pues ya no me quedaba sitio para estanterías ni perspectivas de tiempo libre para leerlos. Eso sí, es verdad que en El País, a pesar de trabajar tan asiduamente y de responder con constante profesionalidad, no pasé nunca de ser un crítico secundario. Entonces, los críticos estrella eran Ignacio Echevarría y Miguel García-Posada y yo sabía que, muchas veces, se me encargaba ocuparme de los libros que ellos habían rechazado. No me importaba, porque pensaba que había que estar a todo, a los bodrios y a las grandes novelas; por otro lado, me permitía la satisfacción de descubrir o de dar relevancia a excelentes escritores poco promocionados publicitariamente o menospreciados por los gurús del momento.
       
       (Continuará...)

jmheraldo@hotmail.comImprimir

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